Es la hora del Angelus. Y pienso si acaso es también la hora de los muertos.
Salgo al patio escapando de tales pensamientos.
Paso delante del ángel que custodia el acceso; lo noto abatido pero no me detengo.
Me paseo por las lajas verdinegras salpicadas de luz, desando los caminos de improvisados asteriscos vegetales, y… pienso.
Volteo hacia el alcanfor, poderoso señor cuya estafa ha prescripto por la fuerza de los años, a quien agradezco que me haya permitido vivir con él. Me desvío luego hacia las flores —esas tramposas— siempre amenazando con la toma de la casa... "Debo reforzar mi defensa contra las flores", considero. Mientras, las atrevidas ríen con descaro, alineadas bajo las alas del ángel.
El vuelo adverso de un petirrojo inhibe la impertinencia de las sombras, para luego sucumbir en el filo de un horizonte estanco. Apenas sonrío, regida por el sombrío eje de un equilibrio en fuga. Y desespero.
Vuelvo la mirada hacia la Enamorada del Muro. Ella es vivo testimonio de que no hay nada más obstinado que el amor. Se ha trepado por el muro, lo rodea sin ahogarlo e incluso, seca sus lágrimas cuando la lluvia arremete contra la impávida piedra, cómoda amante de una planta que sólo sabe de abrazos.
Y pienso.
Me tumbo en la hamaca de red y trato de evaluar el enfrentamiento que me proponen los tres reinos. Ni por broma tengo oportunidad. El Jazmín del Aire se precipita en lluvia de azahares recién llegados al verano. La Corola de Novia oscila, eximida de amores. Mientras, los Pensamientos claudican desbaratados entre violetas y azules subterráneos, ante los espectros del crepúsculo incipiente.
Necesito alejarme de la hamaca. No confío en sus vaivenes, se me antojan infernales. Lúdicos, pero infernales. Me encuentro en pugna con mastines adiestrados en el averno.
En tanto, se ha presentado la estrella vespertina.
Es la hora Undécima.
Giro —descolorida— hacia el sauce llorón y saturo mis cuencos oculares con lágrimas de clorofila y sangre; lágrimas especiales para ángeles en crisis, prestadas de confesionarios barrocos y de altares sublevados: son lágrimas vencidas. Sin embargo me urge retenerlas, porque hay más tesoros ocultos en este sauce que llora maderos de cruces, que en los besos que habitan las páginas del olvido.
Y pienso.
Y recuerdo.
Te veo, Venus. Eras niña; eras almohadita de caramelo y sendero de lunas multiplicadas por el antojo de tu risa, por el embrujo de tus ojos verdes como el mirto salvaje —ah, eras Agua de Ángel— y por tus mejillas sonrosadas, como el vino griego que promete y desespera. Y hoy, que estás perdida en el espanto del ayer, yo soy un inútil montón de plumas acrisoladas que llora su fracaso. ¿Qué cosas se me escaparon? ¿Qué fue lo que no vi... ? ¿Qué no sentí, no percibí en todos estos años? Si perdí tantas batallas contra las flores, ¿qué puedo esperar de nuestro mutuo, doloroso enfrentamiento?
No me da la gana detener los pensamientos. Son entidades subversivas, pero fútiles y efímeras, tanto como yo. No advierto peligro de excedencia.
¿Fue un martes o fue en Marte? Descorro el velo de un tiempo adulterado y me asalta la traición de un Descorazonador extraño y silencioso, portador de herrumbres y cenizas de miserias acaso kármicas, acaso volcánicas, de las que se sirvió para eclipsar tu aura. ¿Cómo se supone que reordene el cosmos de mi costado izquierdo, con las alas rotas y contigo reformulada en planeta desaurado?
Trato de recordar; de reordenar mis coordenadas temporales, espaciales, circunstanciales, en medio de una súbita, pretérita tempestad de flores rojas. Pero no puedo. Un espeso reguero de pétalos se escurre copiosamente por los dedos de mis pies vaciándome el cuerpo, dejándolo expugnable, dolorido de flores.
De pronto estoy de duelo. De duelo rojo.
Yo creí saber lo justo y necesario para este momento. Pero estoy aquí, trenzada en un debate con las flores —¡mis flores!—, mientras descubro con estupor que, ni justa ni necesaria, la venda de la ignorancia nunca se dejó caer de mis ojos. Mi mirada se fue acostumbrando a la penumbra. Como hoy.
Están llamando al Angelus.
Es demasiado tarde y estoy mortalmente cansada.
Quisiera yo acostarme en un intervalo de silencio infinito, dejando atrás toda discusión semántica acerca de la finitud de los intervalos.
Pero estoy atrapada en claustros repudiados. Cuelgo involuntaria del trapecio aciago del pasado y, menguante e ingrávida, me desplomo en profundidades de aguas malditas, sacrificadoras de rayos de sol recién expulsados de tu edén, ahora esclavizado bajo la hegemonía de una oscuridad artera y ominosa.
Apenas desespero.
Tal vez deba entender que ya no estoy en el mundo de los vivos. Pero tampoco en el de los muertos. Es posible que exista otro espacio, no necesariamente intermedio, donde el alma mutilada se excluya en fosas angulares, cavadas por infortunios mercenarios, inclementes, perversos. Especulo con encontrar allí a tu Descorazonador. Entonces en un solo, económico y calculado movimiento de lo que quede de mí, lo asaltaré en la noche infausta de sepulturas en espera y con una mano florecida de espinos lo ahogaré en su propia lava.
Recuperaré tu aura; once rosas que me entregará la hora Undécima, un instante antes que el silencio definitivo invalide mi tumba.
Están llamando al Angelus.
Los velos del pasado se agitan y se agigantan desvelados, más no develados.
Sólo atino a mirarte por última vez, antes de ser alcanzada por una fuerza poderosa que tira de mis hombros hacia atrás. Trastabillo y caigo sobre tramas de ferocidades ambiguas que se rasgan, brutales, dejando tu aura al descubierto.
No comprendo; la tempestad debía transitar el otro extremo de los tiempos.
De pronto alcanzo a ver cómo el Descorazonador se aleja, descompuesto en un torbellino infame que, hábil, se traga un áureo atardecer.
Me acomodo entonces en un atisbo de esperanza...
Advierto con sorpresa que Marte ha estado presente todo el tiempo, desvelado. Aunque ahora, develado, inexplicable, te llama “hermana”.
Yo lloro. Y me agito. Tengo que saber porqué debiste pasar por esto…
Súbitamente, se me revoca la excelencia. Me reanudo vulnerable, errante, errónea.
Salgo al patio escapando de tales pensamientos.
Paso delante del ángel que custodia el acceso; lo noto abatido pero no me detengo.
Me paseo por las lajas verdinegras salpicadas de luz, desando los caminos de improvisados asteriscos vegetales, y… pienso.
Volteo hacia el alcanfor, poderoso señor cuya estafa ha prescripto por la fuerza de los años, a quien agradezco que me haya permitido vivir con él. Me desvío luego hacia las flores —esas tramposas— siempre amenazando con la toma de la casa... "Debo reforzar mi defensa contra las flores", considero. Mientras, las atrevidas ríen con descaro, alineadas bajo las alas del ángel.
El vuelo adverso de un petirrojo inhibe la impertinencia de las sombras, para luego sucumbir en el filo de un horizonte estanco. Apenas sonrío, regida por el sombrío eje de un equilibrio en fuga. Y desespero.
Vuelvo la mirada hacia la Enamorada del Muro. Ella es vivo testimonio de que no hay nada más obstinado que el amor. Se ha trepado por el muro, lo rodea sin ahogarlo e incluso, seca sus lágrimas cuando la lluvia arremete contra la impávida piedra, cómoda amante de una planta que sólo sabe de abrazos.
Y pienso.
Me tumbo en la hamaca de red y trato de evaluar el enfrentamiento que me proponen los tres reinos. Ni por broma tengo oportunidad. El Jazmín del Aire se precipita en lluvia de azahares recién llegados al verano. La Corola de Novia oscila, eximida de amores. Mientras, los Pensamientos claudican desbaratados entre violetas y azules subterráneos, ante los espectros del crepúsculo incipiente.
Necesito alejarme de la hamaca. No confío en sus vaivenes, se me antojan infernales. Lúdicos, pero infernales. Me encuentro en pugna con mastines adiestrados en el averno.
En tanto, se ha presentado la estrella vespertina.
Es la hora Undécima.
Giro —descolorida— hacia el sauce llorón y saturo mis cuencos oculares con lágrimas de clorofila y sangre; lágrimas especiales para ángeles en crisis, prestadas de confesionarios barrocos y de altares sublevados: son lágrimas vencidas. Sin embargo me urge retenerlas, porque hay más tesoros ocultos en este sauce que llora maderos de cruces, que en los besos que habitan las páginas del olvido.
Y pienso.
Y recuerdo.
Te veo, Venus. Eras niña; eras almohadita de caramelo y sendero de lunas multiplicadas por el antojo de tu risa, por el embrujo de tus ojos verdes como el mirto salvaje —ah, eras Agua de Ángel— y por tus mejillas sonrosadas, como el vino griego que promete y desespera. Y hoy, que estás perdida en el espanto del ayer, yo soy un inútil montón de plumas acrisoladas que llora su fracaso. ¿Qué cosas se me escaparon? ¿Qué fue lo que no vi... ? ¿Qué no sentí, no percibí en todos estos años? Si perdí tantas batallas contra las flores, ¿qué puedo esperar de nuestro mutuo, doloroso enfrentamiento?
No me da la gana detener los pensamientos. Son entidades subversivas, pero fútiles y efímeras, tanto como yo. No advierto peligro de excedencia.
¿Fue un martes o fue en Marte? Descorro el velo de un tiempo adulterado y me asalta la traición de un Descorazonador extraño y silencioso, portador de herrumbres y cenizas de miserias acaso kármicas, acaso volcánicas, de las que se sirvió para eclipsar tu aura. ¿Cómo se supone que reordene el cosmos de mi costado izquierdo, con las alas rotas y contigo reformulada en planeta desaurado?
Trato de recordar; de reordenar mis coordenadas temporales, espaciales, circunstanciales, en medio de una súbita, pretérita tempestad de flores rojas. Pero no puedo. Un espeso reguero de pétalos se escurre copiosamente por los dedos de mis pies vaciándome el cuerpo, dejándolo expugnable, dolorido de flores.
De pronto estoy de duelo. De duelo rojo.
Yo creí saber lo justo y necesario para este momento. Pero estoy aquí, trenzada en un debate con las flores —¡mis flores!—, mientras descubro con estupor que, ni justa ni necesaria, la venda de la ignorancia nunca se dejó caer de mis ojos. Mi mirada se fue acostumbrando a la penumbra. Como hoy.
Están llamando al Angelus.
Es demasiado tarde y estoy mortalmente cansada.
Quisiera yo acostarme en un intervalo de silencio infinito, dejando atrás toda discusión semántica acerca de la finitud de los intervalos.
Pero estoy atrapada en claustros repudiados. Cuelgo involuntaria del trapecio aciago del pasado y, menguante e ingrávida, me desplomo en profundidades de aguas malditas, sacrificadoras de rayos de sol recién expulsados de tu edén, ahora esclavizado bajo la hegemonía de una oscuridad artera y ominosa.
Apenas desespero.
Tal vez deba entender que ya no estoy en el mundo de los vivos. Pero tampoco en el de los muertos. Es posible que exista otro espacio, no necesariamente intermedio, donde el alma mutilada se excluya en fosas angulares, cavadas por infortunios mercenarios, inclementes, perversos. Especulo con encontrar allí a tu Descorazonador. Entonces en un solo, económico y calculado movimiento de lo que quede de mí, lo asaltaré en la noche infausta de sepulturas en espera y con una mano florecida de espinos lo ahogaré en su propia lava.
Recuperaré tu aura; once rosas que me entregará la hora Undécima, un instante antes que el silencio definitivo invalide mi tumba.
Están llamando al Angelus.
Los velos del pasado se agitan y se agigantan desvelados, más no develados.
Sólo atino a mirarte por última vez, antes de ser alcanzada por una fuerza poderosa que tira de mis hombros hacia atrás. Trastabillo y caigo sobre tramas de ferocidades ambiguas que se rasgan, brutales, dejando tu aura al descubierto.
No comprendo; la tempestad debía transitar el otro extremo de los tiempos.
De pronto alcanzo a ver cómo el Descorazonador se aleja, descompuesto en un torbellino infame que, hábil, se traga un áureo atardecer.
Me acomodo entonces en un atisbo de esperanza...
Advierto con sorpresa que Marte ha estado presente todo el tiempo, desvelado. Aunque ahora, develado, inexplicable, te llama “hermana”.
Yo lloro. Y me agito. Tengo que saber porqué debiste pasar por esto…
Súbitamente, se me revoca la excelencia. Me reanudo vulnerable, errante, errónea.
"Ella debe vibrar en once”, anunció el ángel, mientras cosía con hilos de olvido sus alas quebradas.
—Dime, Venus ¿dónde estaba yo por aquel entonces?
—Pues... allí mismo, a escasos metros o centímetros. Pero me dabas la espalda —. Reprochó entre llantos, igual que el sauce, aunque con lágrimas propias.
—¡No a ti, Venus, sino al Descorazonador! —alcanzó a gritar el ángel, antes de transformarse en piedra; en una regia escultura de piedra con las alas caídas y una sola lágrima suspendida entre el cielo y la tierra, abrazado a la pesadilla de su derrota.
Es la hora del Angelus. Y pienso si acaso, pasada la Anunciación, es también la hora de los muertos.
—Dime, Venus ¿dónde estaba yo por aquel entonces?
—Pues... allí mismo, a escasos metros o centímetros. Pero me dabas la espalda —. Reprochó entre llantos, igual que el sauce, aunque con lágrimas propias.
—¡No a ti, Venus, sino al Descorazonador! —alcanzó a gritar el ángel, antes de transformarse en piedra; en una regia escultura de piedra con las alas caídas y una sola lágrima suspendida entre el cielo y la tierra, abrazado a la pesadilla de su derrota.
Es la hora del Angelus. Y pienso si acaso, pasada la Anunciación, es también la hora de los muertos.

19 comentarios:
TURKESA NO SE COMO SIEMPRE LOGRAS ENCADENAR LAS PALABRAS DE MANERA TAL QUE CON AL LEERATE SENTIMOS PARTICIPES DE LA HISTORIA, OBSERVADORES DENTRO DEL RELATO, COMO SI ESTUVIERAMOS ALLÍ EN EL JARDÍN VIENDO COMO EL ANGELUS SE CONVIERTE EN PIEDRA AL NO PODER COMPRENDER EL POR QUE DE SU OMISION.
FELICITACIONES
TU INCONDICIONAL
ANMARI
Hola,querida Anmarí: apurada y todo como has escrito este comentario, sabes bien cuánto atesoro tu juicio sobre mis escritos, por tu calidad como persona y por tu calidad en materia de conocimiento literario.
Agradezco tu incondicionalidad; me honra y espero que mi escritura se encargue de conservarla.
Un abrazo grande.
Bueno, por no repetirme, ya sabes que pienso que tu prosa es soberbia. Siempre te mueve fibras internas al leerla, y aunque la siento, no sé explicarla muy bien con palabras. Es mágica, onírica. Hmm, como me gusta tanto esas imágenes, me pregunto cómo se verían en fotografía.
En esta historia hay una atmósfera de melancolía y magia que te envuelve y te agarra y te lleva hasta el final sin darte ni cuenta.
Aparte de ser una preciosidad, me imaginé esas flores enredaderas que crecen y crecen y alcanzan las fachadas de las casas
“Me desvío luego hacia las flores –esas tramposas- siempre amenazando con la toma de la casa… “debo reforzar mi defensa contra las flores”, considero, mientras con descaro ríen las atrevidas, alineadas bajo las alas del ángel”.
Dicen que el amor (en todas sus formas) siempre se abre paso; dicen que cuando das una recibes ciento…
“Vuelvo la mirada hacia la Enamorada del Muro. Ella es vivo testimonio de que no hay nada más obstinado que el amor”.
Tendría que destacar todo el texto, pero hay cosas que no me explico cómo se te ocurren. Ni en siglos se me ocurre nada parecido. Te entrego mi admiración.
“seca sus lágrimas cuando la lluvia arremete contra la impávida piedra, amante de una planta que sólo sabe de abrazos”.
“El Jazmín del Aire me da la razón precipitando sobre mí una lluvia de azahares recién llegados al verano. La Corola de Novia oscila eximida de amores, mientras los Pensamientos claudican entre violetas y azules subterráneos -o aéreos”
“lágrimas especiales para ángeles en crisis, prestadas de confesionarios barrocos y de altares sublevados: son lágrimas vencidas”.
También está esta visión bien dura e impactante. Donde se transmite inquietud, cuando está meciéndose en la hamaca, que presumimos placidamente. Y entra en zozobra, desconfiando de sus vaivenes, infernales. Y esa lucha con los mastines del averno. Dicen que guardan las puertas del infierno.
El dialogo entre Venus y el ángel es exquisito, amiga, todo él, y este momento donde el ángel se convierte en piedra, te llega al alma. No hay nada más descorazonador que ver un ángel de la guarda que cree haber fallado en su cometido. Ni siquiera ellos están libres de fallos, y duele verle tan triste que se convierte en piedra. Las cosas suceden por algo, todo es un aprendizaje y, luego, sale una reforzada.
Este Ángelus no me canso de leerlo. Y te manejas de forma divina entre estos entes celestiales, ¿por algo será? Lo que veo es que tú espíritu conecta bien con las alturas, lo cual es una estupenda cosa. Bueno, ya sabes cómo me gustan estos temas, me fascinan desde pequeña.
Besos,
Margarita
Hola Margarita: ¡gracias, gracias, gracias!
Yo creo que este Angelus me ha dominado, se ha adueñado de mí, y, hoy por hoy, sólo espero no me consuma como a una antorcha (recordándome de tu excelente micro "Horas Crespusculares")
Te ha metido en su viaje de ensueño dices, y agradezco que me lo trasmitas. Yo creo que no es casual; no voy a ponerme trágica, oye, jaja, pero si tuviera que escoger una metáfora apropiada, te diría que está escrito con imperativa, tinta sangre.
Y lo que de ese modo se trae a la luz, se percibe.
Escribir este Angelus fue, antes que nada, una medicina para el alma atormentada. Luego, vino la praxis, y todo lo demás.
Pero es distinto a los demás. Este no es un "hijo" mío. No. Este es un Guardián con mucha, muchísima más fuerza que la de la mano que lo descubrió. Porque sospecho que no lo he creado, sino que se me impuso.
Es raro.
Te mando un abrazote.
Sin palabras, me ha dejado sin palabras. Excepcional. Los reproches, la defensa y el pesimismo ante la solución fallida.
Los ángeles que fallando en su cometido se convierten en piedra es... No tiene palabras, o no las tengo yo, a pesar de que mi vocabulario crece con tus escritos en prosa y en verso.
Mis felicitaciones por este relato.
Un saludo
clarinete
Hola Turkesa:
Este texto entraña, para tus lectores, la dificultad de escoger una sola línea que destaque por su belleza. Alguna vez oí, sobre cierto autor, que no era posible juzgarlo por frases espectaculares, o algunas páginas de buena prosa, sino por el conjunto de su obra, y creo que eso podría aplicarse en esta obra, en la que la visión del conjunto por sí misma posee un profundo sentido estético y espiritual.
Esa es una de las grandes peculiaridades de tu obra en general: que más allá de relatar historias en un sentido tradicional (inicio, nudo, desenlace) propio de autores convencionales, llevas a la casi pura interiorización un conjunto de experiencias sensoriales o emocionales. Es así que tus escritos son historias de un modo de sentir, que va variando con sutiles matices, de acuerdo al tema que abordas, y en las que el papel del narrador tampoco es fácil de encasillar. Hay alternancia en él. No es omnisciente, aunque difícilmente se puede decir que tus narradores sean los protagonistas en todo el sentido de la palabra. Más bien, puede decirse, habla un intermediario entre Dios y los hombres.
Me atrevo a deducir, viéndolo desde una tradicional perspectiva religiosa, que esos intermediarios, por antonomasia, son los ángeles. En realidad, me gusta verlo así, porque cobra mucho sentido que sea un ángel, con un lenguaje etéreo, el que narra la historia de una angustia y una frustración, como en este caso. Así me ha parecido.
...
...
Las alusiones a la hora de los muertos, el temor a que las flores (despojadas aquí de su típico papel ornamental, y llevadas al extremo de ser infames) y la vegetación se apoderen de todo, es síntoma de la angustia. Y el ámbito angustiante de este texto en particular me recuerda a aquella película de Aronofsky, “La Fuente de la Vida” –considerada por algunos un poema cinematográfico-, cuando el protagonista logra por fin llegar a la Ceiba Sagrada, árbol de la vida entre los mayas, y bebe de la savia que destila el tronco. Es decir: la vida pura. Vida que engendra vida. Es entonces cuando, en vez de volverse inmortal, comienza a brotar de una herida y luego de su boca, una voraz vegetación de flores amarillas. Y él, con angustia, no tiene más opciones que ver cómo es devorado por esta vida desbordante hasta que muere sepultado, literalmente, bajo flores blancas.
(Bien pudieron ser aves del Paraíso… Jajaja, pero eso no viene a colación ahora).
Pictóricamente hablando, no puedo evitar pensar en aquella pintura de Botticelli, “La Primavera” en la que de hecho aparece el mirto como simbolismo de Venus. En este texto, que es al mismo tiempo una pintura, y un poema, hay signos evidentes de vida. La Lluvia, la vegetación, las flores. Y de muerte: el descorazonador con sus herrumbres y sus cenizas. Por otro lado, siguiendo con los simbolismos (cuánto me gustaría ser un lector literal, pero por más que lo intento, no puedo) cuando el narrador-narradora se pregunta cómo se supone que debe reordenar el cosmos de su costado izquierdo, me pareció encontrar una alusión a lo que viene de sí mismo-misma. Como Eva que, según la Biblia, fue formada de la costilla de Adán –no entremos en discusiones de género, no quiero decir que la mujer fuera formada del hombre, sino que, en este caso particular, el narrador-narradora se pregunta cómo ordenar al cosmos de su costado izquierdo, y luego llama a Venus niña “planeta desaurado”. Es decir, un planeta que forma parte de ese cosmos. Por tanto, Venus es parte íntegra del narrador-narradora, según podría entender. Y también, interpreto que ese cosmos es su corazón.
...
...
(Sé que en el texto, dejas claramente establecido que el narrador es mujer… Mmm, y eso echa por tierra mi teoría de que pueda ser un ángel. Aunque, también es cierto que el castellano obliga a una definición forzosa del género de quien habla o se habla).
Por otro lado, el ángel que narra, tiene al mismo tiempo la tarea de ser custodio de Venus.
“-Dime, Venus ¿dónde estaba yo por aquel entonces?
-Pues... allí mismo, a escasos metros o centímetros. Pero me dabas la espalda -reprochó entre llantos, igual que el sauce, aunque con lágrimas propias.
-¡No a ti, Venus, sino al Descorazonador!”
Este diálogo es complejo: explica de cierto modo el núcleo invisible de la historia-sentimiento expuesta en este escrito. El descorazonador, aunque no me gustaría caer en un juicio de moral, viene a ser de cierto modo la figura de la corrupción, pero no forzosamente como un mal, sino más bien como una fuerza transmutativa. Un catalizador. Volviendo al cuadro de Botticelli, en el margen izquierdo, puede verse a la figura de Cloris asediada por Céfiro (un sujeto azul). En este caso, el Descorazonador me sugiere un poco la idea de Céfiro, que persigue a Cloris para seducirla. Aunque ella, violentada finalmente por él, termina por transformarse en la Diosa de la Primavera y de las flores. De ninfa a diosa, después de todo, lo que parecía negativo en el cuadro, termina por convertirse en una transformación asombrosamente positiva.
Aunque, en este caso, el ángel, incapaz de soportar la frustración de su tarea (velar por esa Venus niña) se petrifica. Simbólico o no, la sensación que transmite ese final es justamente, la sensación que experimentan muchos seres humanos cuando sobreviene una frustración muy grande. El ángel se petrifica, y en esa petrificación, se humaniza. Rechaza su condición de protector perfecto. No sé. Es difícil que te explique lo que me sugirió el final de este texto. Veamos, intentaré hacerlo de nuevo:
Sentir frustración es algo humano. Pero la narradora, en su condición de ángel, no lo es. Al fallar, se petrifica, aunque, siendo un ángel ¿no se supone que no debió fallar? Entonces, siente frustración y se convierte, por ello, en humano. Al menos, desde mi experiencia, esa sensación paralizante, de inmovilidad, de inutilidad –precisamente la de una estatua- se presenta cuando ciertas cosas ya escaparon de nuestras manos y trajeron consecuencias que podrían parecer irremediables: frustración, impotencia.
Es así que, para mí (o sea, repito: para mí) más que una historia fúnebre, más que una historia que cierra con la hora de los muertos, es la historia de la humanización de un ser pretendidamente perfecto.
¡Uff! Qué rollo más largo me he aventado. Y, de seguro, con posibilidad de ser muy erróneo, por provenir de mi percepción personal. Aunque, en las últimas semanas se me ha metido la idea de que nada puede conocerse de manera objetiva. No, al menos, en lo que se refiere a los sentimientos. Y, como te dije antes, tus textos son sentimientos refinados casi en el límite de la pureza.
Bueno. Un abrazo, Turkesa. Nos leemos.
P.S. ¿No lo dije? Caramba, pues lo digo ahora: este texto es muy bello. Con Mayúsculas, es decir. BELLO
Hola, Jesús: Te agradezco especialmente esta lectura así como ese "sin palabras" que dices te produjo. A veces reacciono, cuando lo releo, como si fuera ajeno a mí; abriéndome a un espacio en el que imperan los sentidos y el silencio, curiosamente, exentos de ansiedad o angustia. En este sentido, tu comentario ha contribuido a reforzar la idea de que nada es concluyente en esta vida.
Un abrazo.
Laocoonte:
Me has dejado de piedra. Me he vuelto un perfecto ángel de piedra, luego de leer este brillante comentario. Eso, sin tener en cuenta que, constituye una posible premonición tan inconcebible como esclarecedora, si es que pueden reunirse tales atributos en única consecuencia.
Y en este último sentido, no sé, en fin... Como Escritor no hay duda de tu extraordinaria calidad, pero ¿pensaste en ganarte la vida como vidente? Yo me ofrezco a administrar tus ingresos, ¡jaja! (Hum, creo que me río de puro atónita que me has dejado, a fin de ganar tiempo para salirme de ... ¡este estado de piedra!)
Es que, mira, me has entregado un comentario de tremenda profundidad y de una erudición bienvenida; pero, si he de serte sincera, a mí me ha parecido, más que nada, Conmovedor.
En un contexto como el del cuento, de honda tristeza y persistente agonía, tú, sin proponértelo (salvo que fueras un ángel, claro), has confrontado sus alcances, has ensayado conjeturas que limitan con lo metafísico acerca de sus posibilidades y, en tan fascinante travesía, has hecho florecer las rosas de la Buenaventura. Allí, dónde yo misma sólo veía —luego de la hora Undécima y pasada la hora Duodécima del llamado al Ángelus—, el frío mármol de la Eterna Noche. Y mira que ¡hay que lograr hacer brotar rosas en circunstancias tan adversas, como lo son las de la Losa Definitiva!
Que, claro, ya no lo será, perderá su condición en virtud de la transmutación de fuerzas que has convocado. Porque, sí, en efecto, ¡las has convocado! tal como se convoca a los ángeles, y éstas se han presentado.
Desde este lugar, tus palabras han discurrido con total destreza sobre el designio de la Fatalidad, revocando la sentencia, trascendiendo las motivaciones del ángel, e incluso remontando las expectativas del conjunto de almas, que no serán en pena, pero sí, atormentadas.
(sigue...)
Generalmente, cuando la pena alcanza el grado superlativo de la Devastación -como parece suceder al ángel del texto-, la visión del conjunto se pierde. Y con ella se aleja todo atisbo de salida; dado que al centrar las fuerzas en aquélla (la Desvastación), tal vez, se me ocurre en este instante –y sólo se me ocurre- se la convoca de alguna manera, otorgándole, por obra de tan sencillo como eficaz decreto, mayor resistencia, cuando en verdad se trata de debilitar tales Negatividades.
Esto último es lo que has escrito, decretado y reformulado en forma magistral. Y me falta, te juro, un dibujo que exprese mi inmenso asombro, ante tan prodigioso resultado como fruto de un comentario que claro, no puedo sino calificar como Extraordinario.
La pintura de Boticelli que citas, Cloris y Céfiro... aparte de resultar una comparación preciosa que desde ya te agradezco, me ha dejado tildada un buen rato, ya que estableces con ella un parentesco milagroso con el texto. Pues, para tu conocimiento, no tenía ni idea de que dicha pintura unificara o ligara a Venus con el mirto (¿eso es una Serendipia de mi parte, ¿no? ¡Vaya! Acabo de darme cuenta... ). Obvio, mucho menos, me inspiré en dicha pintura -que ni recordaba, si he de serte sincera-, sino sencillamente, en ¡mi patio!
Lao, has concebido una interpretación impecable acerca del sentido de mi cuento, de tal modo que lo sobrepasa sin ahogarlo; e incluso tranquilamente podría decirte, protegiendo o neutralizando sus sombrías sombras. Así como también la encuentro (a tu interpretación) una asombrosa ¿alquimia? de Lo Fatal; pues ¡con qué increíble habilidad has apurado ese cáliz hasta el extremo del Renacer!
Con la inteligencia emocional, sabia, del mirar hacia adentro y no hacia afuera.
Muchísimas gracias por escribir así y por haberte inspirado de tal forma; debe haberte impactado mucho este escrito para comentar como lo has hecho, pues, no creo que haya otra forma de conseguirlo.
Un abrazo grande.
PD: ¿Has dicho que este Ángelus es BELLO? Pues tu escritura es Bella también, ya sabes. Pero, cuando además se calza la seda de los Sentimientos, deviene en Plena, con la plenitud del Magnificat. Es canto y oración y también una suerte de Liturgia de las Horas, en las que aquéllos se imponen.
Te mando otro abrazo y un besazo.
Turkesa:
Compañera, me metes en un terrible aprieto. Porque, mira, leí tu relato una primera vez y luego leí algunos comentarios; y no quisiera decirlo, pero me da la impresión de que solo después de haber leído esos comentarios puedo comentar. Así que, con permiso, de antemano me declaro inepto para resultar original —y aún legible— en la explicación de mi vaga interpretación personal.
Me interesa la cuestión del Narrador porque me resulta compleja. Los teóricos, aunque cualquiera lo sabe, afirman que en un libro, una película, una pintura o cualquier obra, el autor ofrece solamente un recorte y el espectador tiene que rellenar los huecos según su propio conocimiento y experiencia. En este texto se puede deducir que el narrador es un ángel fracasado, pero que prevalece en él todavía el permiso de andar en ese espacio paradisíaco, o divino, que le fue otorgado por el poderoso señor alcanfor. Es decir: no tiene por qué haber permiso (siendo un ángel, las razones quedan inmunes), pero el poderoso señor alcanfor le permite vivir con él. Y así, nuestro ángel narrador (y no creo que haya necesidad de definir su sexo) es un ser atormentado por su propio pasado que se niega a perder su naturaleza divina, a desprenderse del mundo de Turkesa porque quiere seguir allí, “abrazado a la pesadilla de su derrota”. ¡Bah! Laocoonte lo explicó mucho mejor de lo que me sería posible a mí si lo intentara. Ahora bien. Es compleja la aparición de otro narrador en la tercera parte, cuando el ángel le pregunta a Venus dónde estaba él “por aquel entonces”. Si bien es cierto que previamente ya había sido necesaria la participación del lector para rellenar huecos (enlazar el monólogo a la historia que se había contado, con lo cual el hilo narrativo se quiebra), la aparición de este narrador (que es el mismo, pero desde otro ángulo) lo remata. Por un lado, uno puede dejarse vencer ante la idea de que el relato no sigue esquemas tradicionales, y por el otro persistir en la ardua tarea de reunir todas las piezas del rompecabezas. Confieso que mi caso es el primero. Se supone que el primer Acontecimiento de la historia es el fracaso del ángel, y que el último se da con la petrificación de éste; sin embargo, hasta en la estética de iniciar y terminar con la hora del Ángelus se esconde algo. ¡Ay! Comprendo que es prosa poética y que el lenguaje debe cargar con todo el peso. Lo que pasa es que en los últimos tiempos desentiendo tanto la poesía que hasta aquí quiero encontrar las raíces de tales expresiones. Lo admito, está bien: es un recurso estético, hay dos narradores, y el ángel narrador, aunque fracasó en su tarea, continúa en ese mundo porque desea expiar su culpa. Y si al final me da la impresión de que quedan hilos colgando, y de que hay una narración quebradiza, deberé adjudicarlo al hecho de que el mundo en el que sucede Todo es uno muy distinto al mío, por supuesto.
(Continúa)
(Continuación)
La narrativa estética se impone en Ángelus como en muchos de tus relatos. No quiero dejar de un lado a la expresión y del otro al contenido. Más bien, es la expresión del contenido lo que me llama la atención. Sería más efectivo, me parece, imaginar un esquema en el que la narración quede por un lado y el estilo, la estética, por otro. Pero en el trabajo turkesiano los dos elementos jamás llegan a separarse sin provocarse afectación. Ambos se conjugan de manera excepcional en una narrativa estética que resulta bien conquistadora y que, naturalmente, debe dar pie a interpretaciones y apreciaciones tanto subjetivas como posiblemente alejadas de los propósitos iniciales de Turkesa.
Jejeje. Yo creo que Laocoonte no debe de externar su inhabilidad para ser lector literal. En primera, porque por no serlo hizo un análisis maravilloso; y en segunda, porque sí abundan los simbolismos en este relato.
Correcto. Partimos de la idea del ángel como espíritu celeste en la tradición cristiana. Luego, en el mismo contexto cristiano, nos trasladamos a la doctrina de la Santísima Trinidad. Pues bien, aunque parece un poco difuso, hay tres Y pienso fundamentales en Ángelus. En realidad, esta oración se presenta cuatro veces, pero sólo en tres ocasiones precede a la imagen de un elemento del panorama que se dibuja. El primer Y pienso antecede, por ejemplo, a la alusión al poderoso señor alcanfor; el segundo, a la de la Enamorada del Muro; y el tercero, a Venus cuando niña (el anterior, que para mí no cuenta, se trata curiosamente del único que sí es pensamiento). O sea, y esto es todavía más bizarro por mi parte: como en la Santísima Trinidad, hay dos elementos mayores en tamaño físico (el alcanfor y la Enamorada) y uno menor (Venus). Sin embargo, el valor que se le otorga al alcanfor y a la Enamorada es equitativo: ninguno se menciona más veces que el otro y ambos tienen una característica especial. Uno es viejo y bondadoso (el Padre), y la otra, más que ser el “vivo testimonio de que no hay nada más obstinado que el amor”, es la viva representación del amor a través de una planta “que solo sabe de abrazos” (el Hijo que extiende los brazos y pide a sus apóstoles que se amen como él los amó). Finalmente, en el último Y pienso, la imagen pequeña de Venus ya no deja de parecerme parecida a la imagen del Espíritu Santo. O sea, Venus, según la mitología romana, como el espíritu que nunca se llegó a ver: la diosa Venus. Sé que puede sonar medio forzado, pero aún sin tomar en consideración la semejanza con la Santísima Trinidad, sale a la luz un parecido muy singular hacia la Sagrada Familia. La imagen del padre (el poderoso señor alcanfor), de la madre (la Enamorada del Muro), y del espíritu infantil (la niña Venus). Y eso, ahora sí perdóname, es lo que se rescata descontando el hecho de que el ángel narrador bien puede ser “primo-hermano” del arcángel Gabriel.
(Continúa)
(Última parte)
El texto gana en cuanto a interpretaciones. Y es un relato complicado. A veces se acostumbra a resaltar aquellos fragmentos que a uno le parecen mejores que otros, pero en este caso el texto completo sobrevuela a la misma altura. Si ya dije que lo estético, más que ser estético, y la narración, más que ser narración, se funden en una narración estética indivisible, cometería un error intentando resaltar “lo mejor” de Ángelus. Al final se trata de un texto extraño y hermoso bajo el cual se esconde un universo entero (el turkesiano), y al que le hace falta mucho más desenmarañamiento del que se ha logrado hasta ahora (aunque en comentarios anteriores se haya conseguido enormemente mucho).
Ah, sí, y de uno de los mejores que te he leído. Si no es que el mejor.
Saludos.
P.D. No termino de entender a qué se deben las modificaciones que hiciste. A mí me gustaba mucho la primera versión, y mi comentario atiende sobre todo a aquélla.
Hola, Naerum: Me encantó tu comentario. Aunque me parece que no te ha gustado un ápice los cambios que introduje. ¿Sabes, compañero? Tal vez tengas razón.
La verdad es que lo cambié (¿habrá gente tan sincera como yo che, en este mundo internauta?) ¡Jaja! Lo cambié, porque se fue a un concurso, respecto del cual no podía participar con menos de cuatro carillas. Y un vidente me dijo que ganaba... estoy evaluando seriamente hacerle un juicio al mentado vidente, ¡jaja!
Sentado lo anterior, los cambios que le hice, quizás sean redundantes. Pero si lees concienzudamente, no lo son. Arrojan claridad, sí, es cierto, pero a la vez, insertan elementos nuevos. Fíjate, porque Angelus, aunque nunca -NUNCA- alcance la fama, ni algo parecido, es mi obra del Alma, es mi espíritu que llora, se queja y sonríe. Y se equivoca, tal vez.
Bueno, qué se le hace...
Me gusta esta última versión. Y me gusta la primera.
Agradecería mucho, muchísimo, tu comentario, tus impresiones sobre esta segunda versión acerca de la cual ya estoy advertida que no te agrada tanto.
pero, tal vez si la lees sin prejuicios, le encuentres algún valor.
Y tu opinión es muy importante para mí. Por la altura de escritor que lograste alcanzar.
Te mando un abrazo, decidas lo que decidas.
Hola otra vez, Turkesa.
Debo confesar que en su momento, sí realicé un comentario para este nuevo Ángelus, pero nunca pude terminarlo. En fin: he decidido venir para colgar lo que se me antojaba decirte en aquella ocasión, suponiendo que pueda llegar a poseer en cualquier momento alguna utilidad.
Saludos.
Es difícil leer esta nueva versión de “Ángelus” (relato que se me hace fundamental para entender tu obra, y que la sintetiza en algunos aspectos) sin recurrir a la primera. Aunque yo quisiera elaborar un nuevo comentario partiendo únicamente de lo que se lee ahora, el sentimiento “lectoril” me remite a la presentación del texto antiguo, y no me deja desprenderme de él.
Creo que es un poco como en el mundo del Cine, cuando a los Estudios se les ocurre lanzar versiones extendidas de una película que ha alcanzado cierta fama, con tantos minutos de “escenas nunca antes vistas” y otras presentaciones especiales… A veces funciona y a veces no. Ahora: yo no sé si el caso de tu relato ejemplifique al “a veces no”; lo que pasa es que sigo apegado al “Ángelus” clásico, y bajo este (mal) fundamento, me niego a darle al nuevo texto la misma magnitud que le di en su primera aparición. Por si se necesitan explicaciones, diría simplemente que… no era necesario modificarlo. Ni extenderlo, ni recortarlo.
Afortunadamente la esencia sigue siendo la misma; nada nuevo hay que transforme de manera sustancial la impresión que guardo del primer “Ángelus”. Es más: lo que creo, es que los nuevos párrafos son puras explicaciones, aderezos de una trama que, desafortunada o afortunadamente, no los necesitaba.
Claro que uno como lector nunca sabe qué es lo que quiere el autor para su relato, y si tú consideraste útil hacer lo que hiciste, nada tengo que decir en contra de ello. Pero prosigo. La impresión no ha cambiado, y vale la pena señalar en la lectura de esta versión extendida, me encontré con las mismas sensaciones que me causó la versión clásica.
(continúa...)
También puedo decir que, en su conjunto, estas sensaciones le pertenecen ya a “Ángelus”: así (me) lo identifican, lo colorean para mí y lo abarcan para mí. Cosa que es bastante plausible, porque significa que has marcado a uno de sus lectores a tal grado que, por ejemplo, cada vez que me topo con una enredadera, una consecución de pensamientos me conduce a la idea de que esa planta tiene que ver algo con “La Enamorada del Muro”.
“Ángelus” no deja de maravillar. Como si tuviera vida propia, el texto conmueve y remueve al lector de tal modo que es imposible no guardarle un rinconcito en el alma al finalizar la lectura. Y es Fenómeno, porque sus características funcionales lo llevan más allá de la Literatura y de la creación en tanto que no parece tener creador: se ubica en un plano espiritual unificado y a la vez extenso, que deja de ser el producto para convertirse en la fuente de reproducción (de ideas, de sentimientos, de reflexiones, de interpretaciones… de lecturas). Se trata de un relato universal, único; y como todos los buenos relatos, posee una no pequeña gama de aspectos desde los cuales se le puede evaluar.
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Es un poco difícil tratar de ubicar acertadamente lo que se cuenta en “Ángelus” porque, en primera, se cuentan muchas cosas, y en segunda, las cosas que se cuentan no son humanas: no nos pertenecen ni podemos entenderlas al nivel que requiere el buen ejercicio de la asimilación. En consecuencia, podemos decir que es un texto extraño, pero no absolutamente ajeno. De ser ajeno no podría conmovernos. Pertenece a lo que somos capaces de idear o creer, pero no a lo que sentimos. Podemos creer en los Ángeles, pero no sentimos como los ángeles; o podemos creer en el Paraíso pero no sabemos sentir cómo se vive en el paraíso. Aquí recae uno de tus grandes logros: conseguir que el lector pueda asimilar, en el grado requerido, lo que se cuenta a pesar de ser un ámbito extraño por su naturaleza propia. Por su naturaleza lejana. Y de manera admirable, creando imágenes y escenas llenas de sutileza y de eso que algunos podrían denominar “buen arte”.
Fruto del aspecto anterior, está el abanico de lecturas que ofrece “Ángelus”; desde las superficiales hasta las profundas, desde las pretendidamente objetivas hasta las de conciencia espiritual. Todas son correctas, y todas son incorrectas. El espacio divino en que se ubican los acontecimientos de tu relato no permite demasiadas conclusiones, pero tampoco las impide. Abierto o extenso como pueda resultar, este texto es grandioso porque acepta todas las interpretaciones y no se conforma, porque es como esas narraciones milenarias que elevan la concepción de la vida a puros planos maravillosos. Etéreos.
Hola, Leuman (Naerum):
Perdóname; me gusta decirte Naerum. Porque con ese nick te conocí a vos y a Laocoonte. Ustedes, en el inicio de su juventud, le han dado una vuelta de tuerca -en términos de exégesis literaria- a la llegada y comprensión de un texto, tomando como punto de partida al lector en su Singularidad.
En el presente caso, has plasmado de este modo un camino poco transitado en la especie. Y eso es una Novedad -para mí por lo menos- que has presentado y desarrollado en forma impecable.
De la lectura de tu crítica, Naerum, se abre una ventana que implica a los sentimientos del lector -de ese lector en particular que sos vos-; contribuyendo a la interpretación de textos con aditivos que la enriquecen en tanto que, sin desestimar el plano contextual, lo revalidas y complementas con la mirada de la singularidad, otorgándole valor y demostrando así que no existen pautas únicas de evaluación; hay tantas como lectores se expresen acerca de lo escrito. Se dispone así de otras dimensiones, se navega hacia la Subjetividad, considerándola un valor y no un punto de vulnerabilidad. Como consecuencia, el comentario peca de profundo, de espiritual, de lector del Alma Elemental. De Singular. Cuestiones imperdonables por novedosas. Por empáticas, entendiéndose esta última como "la capacidad que tiene un individuo de razonarse a sí mismo, evaluar sus sentimientos y razonarlos en otras personas de forma que no tienda a justificar sus propios deseos." (Conf. Wiki)
Tus palabras constituyen -por otra parte- una interpretación angelical y una protesta, mal que te pese, también angelical. Parece que los ángeles se imponen.
No puedo decirte sino que este segundo comentario, sentada tu justa protesta de la que he tomado orgullosa nota, es una reflexión espiritual y personal rica en la variedad de abordajes que has formulado, sin que entre sí se choquen, sino que por el contrario, se complementan. Tiene cierta altura... bíblica, de la que no me siento merecedora, pero que acepto, porque el Universo es amplio y ofrece abundancia.
Te agradezco muchísimo esta segunda reflexión sobre Ángelus reformulado que, en cierta forma, comparto contigo. Ello, claro, sumado a las que han dejado los dignos autores que se pasaron por estas líneas, a quienes agradezco el aliento imprescindible para seguir escribiendo que me han otorgado. Porque todo suma.
Ahora, desde otro lugar -desde esa extraña gramilla incierta de las Emociones en la que las pisadas se vuelven cuidadosas-, deseo y necesito transmitirte que estas líneas me dejaron dada vuelta, emocionada, ¡ay!, si hasta se me escapó algún cristal en forma de lágrima o viceversa...
"También puedo decir que, en su conjunto, estas sensaciones le pertenecen ya a “Ángelus”: así (me) lo identifican, lo colorean para mí y lo abarcan para mí. Cosa que es bastante plausible, porque significa que has marcado a uno de sus lectores a tal grado que, por ejemplo, cada vez que me topo con una enredadera, una consecución de pensamientos me conduce a la idea de que esa planta tiene que ver algo con “La Enamorada del Muro.”
Para mayor claridad, procedo a plagiar a mi hija: me vi de pronto, después de leer eso de la Enamorada del Muro, con "el corazón desnudo."
Gracias Naerum. No te imaginás cuanto me han significado estas consideraciones que has desgranado como quien desviste el Alma que bulle en las entrañas de la escritura de este, mi Angelus.
Un besazo y un abrazo. Angelicales, ¡por cierto!
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