
Cuando confiaba en el mundo como un lugar seguro, y el río se derramaba en poesía, era una niña.
Cuando las Bagatelles de Beethoven, ausentes de peajes hostiles, me tendían alfombras mágicas plagadas de secretos, era dueña de certezas fabulosas.
Fueron épocas de reinventar juegos en barcos sometidos a eternos remiendos, de precipitarse por arenales indispensables para alcanzar los botes cargados de flores ¡y tal precipitación implicaba la gloria!, así como de abordajes a las balsas —invariablemente atestadas de camalotes y nenúfares—, con reticencia a desalojo alguno.
También era una niña cuando amaba sin reparos las hermosas manos de mi padre en mi cara y, al mismo tiempo, recelaba sus libros en mis planes.
Cuando resistía en silencio, como a un odiado rival invencible, “su” concierto para piano en Do Menor de Sergei Rachmaninoff, mientras con sus ojos en los míos me hablaba de historia, perdido en algún siglo allá a lo lejos en el monte Olimpo, entre pensadores precoces e ilotas imprescindibles, yo era una insurgente asilada en el Oráculo de Delfos.
Cuando mi padre llegaba contento trayéndome un trueno que a la distancia rodaba su peñón * en una tormenta de Lugones, el reposo en una rima de Becquer, o tres filósofos estoicos encorsetados en tomos de cuero —todos involucrados en su política acerca de lo relativo de lo absoluto—, yo era una aprendiza contrariada.
Cuando me impulsaba a escalar los cerros más allá del azul en busca del legendario ojo de agua oculto en la montaña, como si de encontrar la bolsa de monedas de oro al extremo del Arco Iris se tratara, yo era una desertora frustrada en abierta y airada rebelión.
Mas tal rebelión resultaba lastimosamente manipulada por:
—La abrupta fuga de la tarde.
—El cerro invencible.
—El complot encendido de las luciérnagas.
—Las estrellas de pompa irreverente.
—El acecho enardecido de grillos, sapos y chicharras.
—Las tijeras sorpresivas de la luna.
—La lluvia impertinente.
—Y... la noche, claro.
Bajo tales encantamientos dominando nuestra épica travesía, yo era una niña muy preocupada por mantener un enojo necesario, irresponsablemente devenido en hechizo irresistible.
Para cuando mi padre defendía las propiedades del inofensivo berro atrapado en las caídas de agua y nos trenzábamos de inmediato en discusiones bizantinas, así como cuando yo no entendía qué hacíamos persiguiendo cascadas improvisadas a fuerza del narcisismo desafiante de los cerros, era en verdad una niña fragmentada.
Cuando pude zafar de todo esto, todavía era una niñita.
Desde entonces, todos los días festejo mi No Niñez. Como Alicia en la loca ceremonia del té, con su No Cumpleaños.
Ahora, por lógica consecuencia del paso del tiempo, ese médico y juez inexorable, puedo escoger y albergo para mí el libre albedrío.
Dispongo pues de mantenerme cuerda, de enloquecer, de ver pero no mirar, de oír pero no escuchar, de estar pero no participar, de irme, de quedarme, de hablar, de callarme, de reclamar, de testimoniar o presidir, de acusar y de absolver, desde el mirador indulgente de mi alma.
Pero no es tan fácil.
Principalmente, porque vengo muy ocupada en celebrar cada día mi No Niñez, lo cual me consume casi toda la energía, por resultar mi No Niñez un hecho irrebatible. Se trata, por ende, de una fiesta un poco aburrida, por reiterada.
El ejercicio constante de la No Niñez es agobiante en realidad.
Si bien tengo piedra libre para decidir lo que se me ocurra, la relatividad de tal libertad no me resulta ignorada; es decir ¡vamos!, puedo pronunciarme por el temperamento de vida que mejor me quepa; no estoy obligada a ese pasado de música clásica, poesía y cerros azules repletos de albahaca y laureles. No. Soy libre de renegar de todo aquello y disponer por lo menos mi futuro inmediatísimo: decido qué comer, qué escuchar, qué ponerme, adónde dirigirme, o porqué seducir o dejarme seducir.
Sí, claro, por supuesto que es posible, que se puede. Todo se puede.
Y todo tiene un precio.
Pero, como es comprensible, en la patria de la No Niñez se complica el atlas de la libertad, cuando se trata de decidir los precios a pagar.
Sé de permanecer o salirme de un cuento de Grimm. Sé de colocarme en tránsito Omm hasta ver qué pasa.
Lo que me está vedado en mi No Niñez es detenerme; me encuentro imposibilitada de abjurar del tiempo.
En realidad, apenas elijo qué no debo hacer.
Así, durante mi No Niñez he pagado algunos precios: entregué las bagatelas de piano porque después de todo, mucho tiempo no tengo. Aunque las muy obstinadas siguen tocando al oído de mi alma.
Con relación a la arena, simplemente no es compatible con el ritmo citadino. Aunque mi otro yo cambiaría cualquier cosa con tal de establecerse en alguna playa olvidada frente a un mar adolescente, sólo sometida a la vigilancia del cielo azul.
El río sigue allá lejos con sus barcos en lista de espera para reparaciones que tal vez nunca lleguen. Pero aún así, quisiera volver a visitarlos. Los camalotes son bastante complicados e imprevistos como los amores de la isla, así que fueron embestidos por las rutilantes piscinas con hidromasaje y los spa artificiales.
La montaña azul y el ojo de agua escondido resultaron aptos para treking y ya están en los circuitos de turismo new age, convenientemente maquillados: el ojo de agua fue sujeto pasivo de diseñadores enfrentados y la montaña cedió sus azules lloviznas a cuidadores importados.
La albahaca se mudó a granjas que cotizan en bolsa; igual que el berro, ese ahijado anónimo del solitario mecenazgo de mi padre.
Los laureles, el olor a tomillo y el primer rocío en el cerro conforman, al fin, una conjetura para periféricos y limítrofes sociales que buscan la piedra filosofal envueltos en una nube mística y milenaria. No es mi caso.
Rachmaninoff se transformó sin embargo en un refugio inesperado. Las manos de mi padre en los libros se me antojan milagrosas, aunque seguramente es un episodio momentáneo...
Aunque si hay algo concluyente, es la presencia decidida de tres genios: Aristóteles, Séneca y Diógenes, que se sacan la lengua cómodamente instalados en la bruma azul del cerro, ahora perfumado de menta y romero, mientras el obstinado ojo de agua me perturba con su camisa de ángel ¿o son alas? Y... anochece. No como yo quería, ni cuando yo quería, ni dónde hubiese deseado. Pero, si me adapto al hecho de que las cosas son como son y no según mi capricho lo dispuso en algún soliloquio antojadizo, se formula el milagro y la luna se renueva magnetizada en cuarzo.
De pronto descubro siete duendes que, en busca del tiempo perdido, se desperezan sorprendidos entre los dedos de mi padre; ese mago implacable, incomprensible y querido que aún debo encontrar en el cerro azul.
*Salmo pluvial de Leopoldo Lugones (puedes leer la poesía completa en la columna de la derecha)


11 comentarios:
Turke, este fue el primer cuento que te leí, tiempo atrás... Sigue fascinándome tanto hoy como entonces. Me hechizan los ojos de agua, los cerros cubiertos de tomillo y laureles, la música y los ecos helénicos... y esa añoranza inconfesada de la niñez y la rebeldía adolescente. El texto rebosa sentimientos e imágenes inimitables con tu forma de narrar, tan única.
Por cierto, estoy leyendo un libro que me hizo pensar en ti. "Padres fuertes, hijas felices". ¿Te suena de algo? Aunque dureza no es sinónimo de fortaleza, y el rigor a menudo oculta debilidades que también se heredan... De todos modos, cuando se puede contemplar el pasado con serenidad y recoger las perlas que se ocultan en él, ¡bendita herencia!
Besos,
Eli
Eli, ¡qué linda, grata sorpresa encontrar estas palabras acá! Y qué comentario tan especialmente bonito y rico... vuelvo mañana a responderte con propiedad. Un abrazo grande.
Hola!
Jo, qué bonita sorpresa llegar hoy a tu blog (venía a ver el cambio de look, que es estupendo) Y encontrarme mi texto preferido.
Turkesilla, eres igual que Alicia, y pido un deseo a las estrellas de Roquito: ¡quiero ser el sombrerero! o el lirón dormilón.
Qué grande sería el mundo, que distinto, que lugar "habitable", un hogar, si rodará como satélite de estas letras.
Bueno, soy optimista por naturaleza, y siempre seré de la opinión que todo lo bueno atrae a lo bueno. El mundo se compensa con la poesía, y La tierra tiene hoy dos lunas. ¡¡¡¡Gracias por ello!!!!!
besos,
pepsi
Hola de nuevo, Elisabet: ese padre mío, sí me habrá -"nos" habrá- hecho trajinar cerros y valles, a mi madre y a mí. Recuerdo que en cuanto llegábamos a Salta -su tierra- él compraba tres gorritos: uno para cada uno de los tres.Para el sól. Y luego de esa sencilla ceremonia inciática, se cargaba la mochila con ¡paella! sí, latas de paella, y una garrafa de camping: En la cima, o en alguna meseta entre la cima y la base del cerro -siempre, pero siempre envuelto en un velo azul- ¡cocinaba! Luego, el ojo de agua se burlaba supongo, porque regresábamos con los sapos y los grillos, justo un minuto antes que el sol se oculte. Yo protestaba por los espinillos. Mientras ellos se reían, felices.
¡Cuanta magia! atesoraba esa extraña pareja pienso ahora, desde el balcón de mi No Niñez. Gracias por provocarme estos recuerdos. En este momento, me volví un poco aquella niña. Un abrazo grande.
Hola, Pepsi: ya habías sido designada mi sombrero loco en uno de los tantos foros por los que hemos pasado, siguiendo una brújula enloquecida, que de todas maneras, nos ha entregado algunos satélites impensados. Entonces, resulta que son válidos los precios pagados, si uno se lleva bajo el brazo interoceánico un mar de amistad invaluable. Muchas gracias por navegar por este puerto. Y dejar dos lunas. Un beso grande.
Buenas Turkeeee... Mira que este lugar esta lleno de grandes, 3 increíbles escritoras aquí juntas, y vengo yo honradísima a comentarte.
Alguna vez te dije que yo sentía que los artistas eran Artistas porque nunca dejaron de ver el mundo con ojos de niño, así inmenso, posible, maravilloso, total; es algún que aún creo y esto que acabo de leer solo lo comprueba. Porque yo veo dentro de estas letras a una niña jugueteando con la vida, una niña que no dejo de fijar su mirada en los detalles importantes, en las letras que son capaces de escribir sentimientos, en la música que lleva emociones en 7 maravillosas notas, en ese mundo increíble allá afuera y dentro de todos nosotros, que se abre a diario y algunas veces olvidamos.
Sabes que siempre ando por aquí, y aunque mi tiempo se hace escaso algunas veces, sigo estando, se te extraña Turkesa, muchos besos y rosas. Att. Edmy
¡¡Hola, Edmy!! qué alegría verte por acá.
Ahh, Edmy, dejaste un comentario hermoso, poético y emotivo. Mucho:
"Alguna vez te dije que yo sentía que los artistas eran Artistas porque nunca dejaron de ver el mundo con ojos de niño, así inmenso, posible, maravilloso, total; es algún que aún creo y esto que acabo de leer solo lo comprueba. Porque yo veo dentro de estas letras a una niña jugueteando con la vida, una niña que no dejo de fijar su mirada en los detalles importantes, en las letras que son capaces de escribir sentimientos, en la música que lleva emociones en 7 maravillosas notas, en ese mundo increíble allá afuera y dentro de todos nosotros, que se abre a diario y algunas veces olvidamos." ¡Mira qué palabras has desgranado como perlas en este hilo tan querido por mí!
Edmy, la que se siente honrada soy yo. Muchas gracias por pasar, por escribir como lo haces y por escribir así acá.
Te mando un abrazo enorme.
PD: por cierto; si tienes ganas:
www.prosofagos.com.ar
te vienes con ese micro tan especial y buenísimo que te leí en BV.
Besos.
Hola turkesa:
Este ejercicio tuyo de la no niñez, es el encuentro con el hechizo de una prosa elegante y viva, que inunda de belleza el presente, con la magia de los recuerdos de una niña. Es como abrir un cofre donde se han guardado tesoros irrepetibles; como echar al mar, el velero que despierta en la brisa de alas de gaviotas; como bucear entre las sirenas de un mar abierto a las emociones.
He de reconocer, que para un hombre tosco y sensible ala vez como yo, es fácil enamorarse de ese hálito tuyo, envuelto en el misterio del turquesa de tus ojos.
Después de leerte, he buscado aquella sonrisa, que amparaba el sobresalto de tu mirada levemente triste, pero no he sido capaz de encontrarla. ¡No importa! conservo en el recinto de mi pecho, el aire limpio de su recuerdo.
Hola, Pedro! Pero, ¡qué sorpresa tan grata!
"Es el encuentro con el hechizo de una prosa elegante y viva, que inunda de belleza el presente, con la magia de los recuerdos de una niña. Es como abrir un cofre donde se han guardado tesoros irrepetibles; como echar al mar, el velero que despierta en la brisa de alas de gaviotas; como bucear entre las sirenas de un mar abierto a las emociones."
Uff, qué comentario tan emotivo.Y qué imágenes preciosas; remiten a la transparencia de la lluvia en los cerros...
Todavía me acuerdo de "El amor y los Pétalos", de la particular belleza de su prosa, de la amarga dulzura del final. Y puedo afirmar que no fue escrita por un hombre tosco.
Te mando un abrazo grande.
Turkesiña: De niños sabemos y de adultos olvidamos. La niña de tu cuento sabía que tras las manos de su padre puestas sobre los libros existían mundos maravillosos, pero al mismo tiempo sentía que eran rivales de su amor y de su atención, su padre sin embargo, la hacía soñar, acompañaba sus viajes imaginarios, y cuando esa niña dejó de serlo para convertirse en adulta y que debía hacer uso constante de su no-niñez, supo que extrañaría sus mundos de sueños, que en la vida real de la no niñez todo era frío, que la lluvia no era rocío, ya era polución.
Mágico como todos tus cuentos, Turkesa,
Un placer para los sentidos,
Blanca
Hola, Blanca: qué alegría me das.
"De niños sabemos y de adultos olvidamos."
Muy cierto. Es un canje inconveniente, pero ¿cómo se hace para no olvidar...?
Gracias por pasar y dejar palabras tan hermosas.
Un besote enorme.
Publicar un comentario en la entrada