¿Qué es una Revelación?

¿Qué es una Revelación?
Es como cuando estás en una habitación pequeña y de repente se caen las paredes y ves todo el exterior. Es lo que puede sentir un ave cuando rompe a volar. Ya no te importa la pared o la cáscara. Son historia. Es una sensación muy gloriosa.

El Patio Encantado (Tercera entrega)

Un año antes...


—Acá tiene las llaves. Que consiga ser tan feliz como yo lo he sido viviendo en esta casa —me deseó doña Victoria, la mujer que acaba de venderme la propiedad, abrazándome.

—¡Gracias, muchas gracias! —me emocioné—. ¿Alguna recomendación qué hacer? Usted ya sabe, las casas viejas son bonitas pero tienen sus mañas...

—No, hija, esta tiene sus mañanas, que es muy distinto —me corrigió la mujer.

—No entiendo... —balbucée, algo apichonada.

—Mire chica, no se preocupe. Nada más cuando se desaten tempestades con fuertes vientos y actividad eléctrica, métase adentro; no se quede afuera. Las corrientes de aires suelen multiplicarse en el patio y los temporales parecen más violentos y poderosos de lo que son en realidad —me informó la ex dueña.

—¡Ah, ya! ¡Ja, ja! Bueno, el caso es que me gustan las tormentas, así que me sentaré a esperarlas en el patio. No olvide que vengo de un departamento muy pequeño. Tengo sed de inmensidades —me exalté de repente.

El rostro de la mujer se transformó en un gesto preocupado:

—Pero no en este patio. No lo haga.

—Bueno, no entiendo de nuevo —dije con algo de fastidio. 

Tenía prisa por quedarme a solas con mi flamante adquisición. 

—Al fin, no es más que un patio en una casa como tantas —añadí con impaciencia.

—¡Ese es el error!

—¿Cuál error, doña Victoria?

Realmente, me parecía una conversación de locos.

—El que cometieron los demás —musitó la mujer, apesadumbrada. Tanto, que sobre su rostro parecieron caerse cientos de años.

(Continuará)

El patio encantado (2da. entrega)

Los escalones de piedra viva me condujeron, sedujeron y dispusieron de mis pasos con absoluta impunidad.

De pronto tuve doce años. Vestía una camisola blanca, fresca y perfumada. El mundo circundante carecía de toda hostilidad.... Las amarguras y desilusiones, las culpas y los rencores, desaparecieron por la bocaza del horizonte opuesto a la tormenta.

Descendí dócilmente los diez escalones que me unían a esa playa, tal como los días por venir nos separan de la muerte. Y pisé la arena.

Unos cangrejos pequeños, arenosos, con ojos de aguamarinas, me pasaban al lado como si tal cosa, como si mi presencia integrara el paisaje.

Caminé hacia la orilla; la arena era una caricia, el cielo, un delirio azul imposible de desdeñar y el mar, un abismo que prometía certezas, por absurda que parezca tal promesa.

Era mediodía. Me quedé contemplando la inmensidad líquida, incapaz de salirme de mí.


(Continuará)

El patio encantado

Era una casa rara. No había conocido otra similar. Transmitía desasosiego, al tiempo que seducía. Tal vez por la tormenta que se avecinaba y porque el aire estaba cargado de electricidad agazapada.

¿Una casa histérica? ¡Por favor!

No obstante, la casa, en virtud de un extraño juego de malabares, resultaba más amenazante, incluso, que el cielo encapotado desde cuyas costuras podía verse el reflejo índigo –no de niños- sino de un fleco definitivo y poderoso.

Traté de confundir mi asombro con la sombra de una ventana; no aceptaba que una simple tempestad se alzara con el poder de mis emociones, de mi futuro inmediato e incluso, de mi pasado tan cuidado y tan prolijamente desechado, por partes iguales.

Lo cierto es que la tormenta era de una inminencia cuyo voltaje resultaba indiscutible. Se medía en las reacciones de los seres vivos... todos. El menos indicado, el humano. Los más acertados: los animales. Y, entre sus especies, los que vuelan. Ellos desaparecieron; de pronto, los patos del pino, los petirrojos, los gorriones y los loros barranqueros -y de los otros- se alejaron en una escuadra multiforme y estrafalaria, como el final de un celuloide pretendidamente fellinesco.

Pero no. Estaba pasando.

Ocurría en el cielo incierto de ese patio. Y no me pareció un hecho para ignorar.  ¡Quise salirme de inmediato!

La casa me resultaba engañosa pues carecía de salida a simple vista; sólo... la ofrecía.   ¿Una trampa?

Tal vez.

Procuré por años la apertura hacia la parte externa de los muros.

Y, entre tanta ejercitación a fuerza de búsquedas fallidas, me fui familiarizando con sus paredes, sus pisos, sus cielorrasos antojadizos, caprichosos. Los conocía; no iban a sorprenderme. Eran el útero de mi madre cuando yo maduraba, pese a que alguien o algo se presentaba en las noches de viento.

El hamsin.

Pero no era Egipto. No. Apenas un rincón de América del Sur...

Fue cuando un cambio sutil en el tiempo y el espacio me desorientó. Me vi ¡tan niña! descendiendo hacia el mar. El día era de una hermosura extraordinaria, casi sospechosa.

(Continuará... )


Y, si Dios quiere, a la  próxima lo estoy colgando completo. Es que se me ha ... derramado la historia, digamos, y he debido agrandar el recipiente.


Entre tú y yo

Fotografía: gentileza de "Margarita"


******************************

No sé porqué traigo este libro, si se me cierran los ojos.

Desligo mi mirada del pasado y devuelvo la arena a la ventisca. El libro se deshoja, ceniciento de sofismas. Prescindo de él y me instalo en un recodo ausente de ternura.

Y sin embargo, tú me esperas.

Un patio anticipa el encuentro. Hay una hamaca blanca en la que un niño dormita cuentos de bosques inaccesibles. Lo despierto, le pregunto por ti, me dice que te has ido conmigo, que debiera yo saberlo bien.

Abandono esa respuesta y me anudo en silencios. Por un instante, la cordura me implica en desconciertos crueles pero no me detengo, conozco las trampas de la inercia.

La oscuridad es espesa, avanzo a tientas y dejo atrás varias puertas. Llego a una recámara dominada por la amplitud. El cielorraso exhibe maderas de oriente y tapices de exquisitos tonos turquesa. Los admiro atónita y algo asustada, no alcanzo a comprender. De pronto me gana un dolor insoportable y pierdo equilibrio a pasos agigantados; mis manos sostienen dos copas de cristal que desfallecen, minadas por imperceptibles hendiduras.

Tú estás a mi lado, me abrazas, enlazas mi cintura tiernamente, sonríes divertido y aliviado. Yo no me percato, dudo sobre qué debo sentir.

En tanto, ya es el mediodía.

Los amplios ventanales me seducen y te olvido, te dejo, prefiero la luz. Ya no deseo encontrarte. Empero, vacilo, esperando una señal… que no llegará nunca. Porque ya se ha instalado entre tú y yo, mucho antes.

Salgo de allí empujada por congojas antiguas y arribo a una playa de topografía accidentada. Eso me exaspera y grito, pero enseguida advierto que es una alucinación, un sueño ajeno del que no participo.

Libero los sentidos de toda confusión y empiezo a caminar.

El niño que dormitaba cuentos de bosques viene detrás. También, una niña que por momentos se confunde conmigo y que a ratos pierde inocencia y docilidad. Me tiende la mano. Intento mirar las mías, pero sólo veo las tuyas. Y entre tú y yo, esa desnudez que nos aprisiona y enloquece, a fuerza de exclusiones.

Un poco más alejado, hay un hombre que vende lienzos blancos pintados de colores; los ha tendido en sogas apenas visibles y yo, no sé porqué, creo que no son sino plasma de ilusiones erradas, condenadas a la soledad de los arenales. El hombre me ignora. Prosigo mi marcha. El niño viene, aunque ahora me fastidia su compañía.

Es asombroso cómo se imponen los acontecimientos. Súbitamente, distingo un conjunto de catedrales. Y me digo que es raro, pues están enclavadas en esa playa accidentada, desordenada, en la que incluso el río desluce, ausente de armonía y sonido, como un caudal enmudecido y atrapado en el lecho equivocado.

Necesito salir.

Pero ¡ya he salido! Estoy afuera, paralizada ante esa catedral de fino mármol claro e infinitos escalones que, como si fueran encajes de seda, rematan un atrio espectacular.

Me invade una frustración enorme: son tantos, pero tantos escalones los que conducen a la nave central, que declino la absurda invitación. Decido continuar, pese a que su belleza me empuja dentro. Un haz de luz rosada se interpone, hiriéndome la vista. Elevo la mirada y puedo leer: "Nuestra Señora del Socorro." Y si bien me sostengo en la renuncia, no logro apartar los ojos del nombre grabado en la magnífica piedra de rodocrosita. Su delicada arquitectura resulta perturbadora. Percibo que el niño se encuentra bajo igual encantamiento.

Vuelvo sobre mis pasos e ingresamos.

Y por segunda vez en este extraordinario día, soy seducida, abducida por los cielorrasos: conforman una sucesión de bóvedas que, en su desojo, se resuelven en una pureza abrumadora, disipándose en ondulaciones de oro y marfil, ausentes de ángeles y otras figuras sacras.

Me acerco con pasmo y reverencia.

Cruzo delante del altar y distingo una urna de cristal. No me atrae observar su interior, pienso eludirla. Pero se anticipa, cerrándome el paso. Me estoy cansando. Entonces, reparo en su pequeñez. Parece que contiene una niña muerta, vestida de blanco. O tal vez, sea una muñeca. O, yo quisiera…

Salgo envuelta en presagios de finitud, precedida por el niño ensimismado. Me encuentro de nuevo en la playa. Camino con ligereza, debo alejarme hacia la Serenidad.

Al rato y ante el sosiego de la distancia ganada, mitigo el andar. Intento olvidar que debo olvidar, aunque algo me lo impide.

Giro sobre mi hombro y lo veo: un caballo de terciopelo azul y arneses rojos; un caballo de juguete que cuelga de su columna de bronce, solitario delante nuestro, a la espera inútil de ser montado. Supongo que abandonó su carrusel. Aunque lo cierto es que no tiene caso, pende en el aire, no reposa en el piso, como si la gravedad le resultara indiferente.

Es de mal gusto, pienso, ese caballo de juguete en medio de la nada… Evoco en ese instante a mi padre, casi puedo tocarlo. Me lo regaló un lejano, borroso y olvidado domingo de agosto. Pero no puedo llevar recuerdos, allá donde voy.

Es tarde, alguien va a partir y la prisa domina ahora mis sentidos.

Sólo queda tiempo para una iglesia. Entro junto con el niño y me dirijo hacia la nave lateral. El silencio es agobiante y apenas se respira. Hay un lecho, blanco y grande, en el que yace Don Bosco. ¡No me explico! Ah, es una escultura… El supuesto don Bosco se incorpora y se transmuta en un paseante más, a quien siguen unos niños.

Obviando el episodio, ingresamos a la nave principal. Una etérea música nos envuelve en dulce trama de clemencia, mientras la luz irisada se insinúa, perfumada de claveles y rosas.

El aroma produce un cambio sutil en el espacio.

Empiezo a sospechar de esta realidad, en la que lo único tangible son los interrogantes.

Me inclino hacia mí, me miro y decido despertar. El niño se ha vuelto a dormir. El vendedor de lienzos y el caballo perdurarán en una soledad eterna.

No hay lugares para el encuentro, me digo, convencida de que me han cegado credulidades evocativas.

Entonces sonríes, tocas mi mano. Una ligera brisa nos enlaza.

Entiendo.

No hay espacio ni tiempo para un encuentro que nunca podrá ser consecuencia de sí mismo.

En un ventanal lejano, el viento hace trizas dos copas de cristal.

A ROCCO



Cajita de Joyas (NGC4755): Se denomina así a un conjunto de estrellas situado en la constelación de la Cruz del Sur. Se trata de unos pocos centenares de estrellas que se han formado a partir de una gran concentración de gas y polvo molecular presentes en el plano de nuestra galaxia. De esto se desprende que todas las estrellas que forman a este sistema estelar, y que los astrofísicos denominan cúmulo abierto o también cúmulo galáctico, tienen prácticamente la misma edad. Debido a las diferentes temperaturas que cada una de sus estrellas posee en su superficie, este cúmulo posee una gran variedad de colores y brillos lo que justifica su denominación de Cajita de Joyas.


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A ROCCO

Quería escribirte y depositar la carta adentro de la Cajita de Joyas.

Pero pasa que no te escribo, porque se ha negado a razonar mi corazón y a sentir mi entendimiento. Debo admitir que me rebela esta inversa huelga arbitraria de los sentidos y la razón.

Ni siquiera son obedientes los dedos en su recorrido por las teclas. Esas teclas donde florecían versos coloridos, menos o más felices según el destinatario y la causa, hoy son negros escalones hacia el subsuelo olvidado, donde guardo los trastos en desuso —pero que tampoco tiro, por las dudas de uso—, y me encuentro allí por involuntario impulso decidido de las teclas, las negras, sin letras.

No sé bien dónde empezar a buscarte. Comprendo que es una exploración inútil. Pero para esta clase de pesquisa, no se valen las iglesias ni los campo santos.

Tampoco las pirámides: sólo para faraones y algunos ilustres egipcios.

Pero tú, de Egipto, nada. Y yo, de Egipto, todo. Porque te encuentro allí donde descansan, olvidados, tus dioses cotidianos.

Ahora estás sentado, callado y sensitivo, somnoliento y abordable por cualquier caricia que te retaceo, de apurada, de la prisa que no es risa, y que es injusta —la prisa— en tanto me empuja a escena. Y por la cena, el quehacer, el hacer qué y la reunión, resulta que endoso la unión del presente en favor de beneficiarios abusivos. Así, voy ganando intereses que no me interesan, no deben, pero resulta que de no deber, me dejan débitos y hábitos malogrados, porque no estás, y cuando estabas, no te acaricié lo suficiente, no te cuidé lo necesario. Si yo te quería, ¿cómo no te aseguré contra el mundo?

Esta noche me aguardan tus deidades en la oscuridad, aunque descreo que la luz las disipe. Hay dioses que han practicado por siglos la resistencia; y sé, por acción y reacción, que mañana estarás jugando a los bolos con ellos en la montaña. Para cuando regreses —tal la leyenda— en vez de minutos habrán sido años los del medio. Ya conoces del tiempo, su fama de invento necesario para ordenar deberes y derechos; es sabido y notoriamente manifiesto que no se ha probado su presencia. Su falta, en cambio, es ostensible. Crúzate al planeta siguiente y lo verás claro. La muerte de los calendarios no es tal: nunca existieron, salvo a la luz de las sombras que nos entrega, compasivo, el aburrido impuesto confiscatorio de encasillarlo todo.

Si aún estás por acá —y lo estás, porque me duele— quédate y abjura del espacio, es simple utilería que explota el narcisismo de la materia (no debí decir “aún”).

Aún —¡ay, Aún!— eres mascarada incierta del tiempo, producto del sofisma colectivo, sostenido y milenario que nos entregara Constantino, junto con el yelmo y la cruz.

Si estás, demoleré también la estafa del Hades.

Prefiero los jardines de Babilonia, la locura de Pompeya, el hemiciclo de Plauto, la miel y la cerveza de Homero, a tener que inclinarme en altares fraudulentos, sólo porque se te ocurrió irte al mediodía, y porque yo ignoro qué clase de triángulo se honró con tu llegada.

Pero he abolido el tiempo y vuelto por defecto esencial. Devuelto el efecto inicial, nunca te has ido.

Igual extraño, entonces, tu ausencia, porque este tipo de presencia me duele. Y eres nueva excusa de teclas, ya sombrías y de lágrimas nubladas.

EL DIA QUE ME QUIERAS (Gardel - Le Pera ) Canta Nicolás.


"Pedacito de Cielo" Canta Nico. IMPERDIBLE.


ÁNGELUS


Es la hora del Ángelus. Y pienso si acaso es también la hora de los muertos.

Salgo al patio escapando de tales pensamientos. Paso delante del ángel que custodia el acceso; lo noto abatido pero no me detengo. Me paseo por las lajas verdinegras salpicadas de luz, desando los caminos de improvisados asteriscos vegetales, y… pienso.

Volteo hacia el alcanfor, poderoso señor cuya estafa ha prescripto por la fuerza de los años, a quien agradezco que me haya permitido vivir con él. Me desvío luego hacia las flores —esas tramposas— siempre amenazando con la toma de la casa... Debo reforzar mi defensa contra las flores, considero, mientras con descaro ríen las atrevidas, alineadas bajo las alas del ángel.

El vuelo adverso de un petirrojo inhibe la impertinencia de las sombras, para luego sucumbir en el filo de un horizonte estanco.

Apenas sonrío, regida por el sombrío eje de un equilibrio en fuga.

Y desespero.

Vuelvo la mirada hacia la Enamorada del Muro. Ella es vivo testimonio de que no hay nada más obstinado que el amor. Se ha trepado por el muro, lo rodea sin ahogarlo e incluso, seca sus lágrimas cuando la lluvia arremete contra la piedra, impávida amante de una planta que sólo sabe de abrazos.

Y pienso.

Me tumbo en la hamaca de red y trato de evaluar el enfrentamiento que me proponen los tres reinos. Ni por broma tengo oportunidad. El Jazmín del Aire se precipita en lluvia de azahares recién llegados al verano. La Corola de Novia oscila, eximida de amores. Mientras, los Pensamientos claudican desbaratados entre violetas y azules subterráneos, ante los espectros del crepúsculo incipiente.

Necesito alejarme de la hamaca. No confío en sus vaivenes, se me antojan infernales. Lúdicos, pero infernales. Me encuentro en pugna con mastines adiestrados en el averno.

En tanto, se ha presentado la estrella vespertina.

Es la hora Undécima.

Giro —descolorida— hacia el sauce llorón y saturo mis cuencos oculares con lágrimas de clorofila y sangre; lágrimas especiales para ángeles en crisis, prestadas de confesionarios barrocos y de altares sublevados: son lágrimas vencidas. Sin embargo me urge retenerlas, porque hay más tesoros ocultos en este sauce que llora maderos de cruces, que en los besos que habitan las páginas del olvido.

Y pienso.

Y recuerdo.

Te veo, Venus. Eras niña; eras almohadita de caramelo y sendero de lunas multiplicadas por el antojo de tu risa, por el embrujo de tus ojos verdes como el mirto salvaje —ah, eras Agua de Ángel— y por tus mejillas sonrosadas, como el vino griego que promete y desespera. Y hoy, que estás perdida en el espanto del ayer, yo soy un inútil montón de plumas acrisoladas que llora su fracaso. ¿Qué cosas se me escaparon? ¿Qué fue lo que no vi...? ¿Qué no sentí, no percibí, en todos estos años? Si perdí tantas batallas contra las flores, ¿qué puedo esperar de nuestro mutuo, doloroso enfrentamiento?

No me da la gana detener los pensamientos. Son entidades subversivas, pero fútiles y efímeras, tanto como yo. No advierto peligro de excedencia.

¿Fue un martes o fue en Marte? Descorro el velo de un tiempo adulterado y me asalta la traición de un Descorazonador extraño y silencioso, portador de herrumbres y cenizas de miserias acaso kármicas, acaso volcánicas, de las que se sirvió para eclipsar tu aura. ¿Cómo se supone que reordene el cosmos de mi costado izquierdo, con las alas rotas y contigo reformulada en planeta desaurado?

Trato de recordar; de reordenar mis coordenadas temporales, espaciales, circunstanciales, en medio de una súbita, pretérita tempestad de flores rojas. Pero no puedo. Un espeso reguero de pétalos se escurre copiosamente por los dedos de mis pies vaciándome el cuerpo, dejándolo expugnable, dolorido de flores.

De pronto estoy de duelo. De duelo rojo.

Yo creí saber lo justo y necesario para este momento. Pero estoy aquí, trenzada en un debate con las flores —¡mis flores!—, mientras descubro con estupor que, ni justa ni necesaria, la venda de la ignorancia nunca se dejó caer de mis ojos. Mi mirada se fue acostumbrando a la penumbra. Como hoy.

Están llamando al Ángelus.

Es demasiado tarde y estoy mortalmente cansada.

Quisiera yo acostarme en un intervalo de silencio infinito, dejando atrás toda discusión semántica acerca de la finitud de los intervalos.

Pero estoy atrapada en claustros repudiados. Cuelgo involuntaria del trapecio aciago del pasado y, menguante e ingrávida, me desplomo en profundidades de aguas malditas, sacrificadoras de rayos de sol recién expulsados de tu edén, ahora esclavizado bajo la hegemonía de una oscuridad artera y ominosa.

Apenas desespero.

Tal vez deba entender que ya no estoy en el mundo de los vivos. Pero tampoco en el de los muertos. Es posible que exista otro espacio, no necesariamente intermedio, donde el alma mutilada se excluya en fosas angulares, cavadas por infortunios mercenarios, inclementes, perversos. Especulo con encontrar allí a tu Descorazonador. Entonces en un solo, económico y calculado movimiento de lo que quede de mí, lo asaltaré en la noche infausta de sepulturas en espera y con una mano florecida de espinos lo ahogaré en su propia lava.

Recuperaré tu aura; once rosas que me entregará la hora Undécima, un instante antes que el silencio definitivo invalide mi tumba.

Están llamando al Ángelus.

Los velos del pasado se agitan y se agigantan desvelados, más no develados.

Sólo atino a mirarte por última vez, antes de ser alcanzada por una fuerza poderosa que tira de mis hombros hacia atrás. Trastabillo y caigo sobre tramas de ferocidades ambiguas que se rasgan, brutales, dejando tu aura al descubierto.

No comprendo; la tempestad debía transitar el otro extremo de los tiempos.

De pronto alcanzo a ver cómo el Descorazonador se aleja, descompuesto en un torbellino infame que, hábil, se traga un áureo atardecer.

Me acomodo entonces en un atisbo de esperanza...

Advierto con sorpresa que Marte ha estado presente todo el tiempo, desvelado. Aunque ahora, develado, inexplicable, te llama “hermana”.

Yo lloro. Y me agito. Tengo que saber porqué debiste pasar por esto…

Súbitamente, se me revoca la excelencia. Me reanudo vulnerable, errante, errónea.


"Ella debe vibrar en once”, anunció el ángel, mientras cosía con hilos de olvido sus alas quebradas.

—Dime, Venus ¿dónde estaba yo por aquel entonces?

—Pues... allí mismo, a escasos metros o centímetros. Pero me dabas la espalda —. Reprochó entre llantos, igual que el sauce, aunque con lágrimas propias.

—¡No a ti, Venus, sino al Descorazonador! —alcanzó a gritar el ángel, antes de transformarse en piedra; en una regia escultura de piedra con las alas caídas y una sola lágrima suspendida entre el cielo y la tierra, abrazado a la pesadilla de su derrota.

Es la hora del Ángelus. Y pienso si acaso, pasada la Anunciación, es también la hora de los muertos.

Atardeceres

A Marcela, Alicia, y a toda la vieja y querida banda del Canottieri Italiani: a Rodo ¡claro! Andrea, Beto, Pocho, Miguelito, Matute, Peri, etc etc. (Si me olvidé de alguien, nadie se ofenda, porfa: son los años...)



Ah, qué dulce es Noviembre!

Con danza de flores
la siesta clausura su rito.

Un ceibo rezagado
despide sueños de coral.

Remolonea la tarde
con excusas baladíes.

Del timón la cadencia,
con dedos de lentejuela
desviste ocasos en el bote,
tierno poeta del agua,
duende de maderas,
que no de Oriente.

O que sí.

¡Qué más quisiera yo
que fueran de Oriente,
las maderas!


Mientras, de los remos
el golpeteo acompasado
conforma la única música
que de la isla,

indecisa Afrodita,
atiende el corazón.

Arcos de las remadas,

anagramas de los muelles,
pentagramas inéditos del agua.

Las chicharras anuncian
verano, se replican de sol
en plumajes aéreos,
en sapos y grillos
exasperados de enero,
de cielo violáceo,
de la primera estrella.

Y... del rito, el Río.

El Río, violentado
por prisas y regresos,
por el día en fuga
sombreado de plegarias.

De guitarras libertinas.

En el fuego habrá
ajíes asados,

olor a limón...

Y ese jazmín en mi boca.

Hacia el final,
justo cuando la luna,
antojadiza de cuartos
menguante o creciente
se entrega a juegos
de escondidas,
espejada de cielo...

Palabras de Amor.

Y de raso, el Silencio.

Silencio rasado, arrasado.

Extraña plenitud de siseos,
de nudosidades vegetales,
de sentidos insomnes.

Silencio apenas hojeado
por duendes que del agua
leen cuentos de ondas
y de viejas zancudas.

Silencio, el de la arenita
que se deja acariciar

sin entregar sus secretos.
O el de las campánulas
de violetas anticuados,
casi plateados
abiertos al éter.

De la luna, obra y magia.

Esa clase de silencio
que acalla los alardes,
exacerba los sentidos,
y descubre,
nocturno y floral,
las caricias que a veces
uno ignora que es capaz
de brindar y recibir.


Y ese jazmín en mi boca...

Ay, ¡qué dulce es Noviembre!

ECOS

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ECOS

Las letras son, por estas horas,
fatigados ecos
de tiempos cancelados.

Es tarde y el frío,

estepario,

remite al infinito.


El firmamento yace,

absorto y demudado,

en el regazo de siglos,

traiciones y derrames.


Glacial, se abre paso

El Invierno.


Con redobladas náuseas

abate soledades

e incapaz de clemencia,

infecundo,

violenta el cristal umbrío

de la noche.


En su cuarto menguante,

agónica,

ausente de luz propia,

Ella espera...

Se nutre de ferocidades.

Y así,

ávida de finales,

en su desnudez de alabastro,

lo desposa en silencio.


Anhelante, tal vez,

de aquella escarcha...


El frío,

estepario,

remite al infinito.

AGRAVIOS

Vienes, dejas esa sonrisa impertinente en la pendiente de mis pensamientos y te vas, libre de contendientes impensados o pensados.

¿Has visto qué fácil resulta manipular ciertas realidades negligentes?

Es la diligencia de la necedad. La que se ampara en el ingenio de su contrario del que extrae fuerza, genio y figura. Luego se viste de negligeé y, voilá: el antimilagro de la duda se establece en el estable ruedo del denuedo.

Aunque juraría que está de duelo el denuedo por la vigencia de la inercia y otros antónimos que no se llevan con el arrojo, inmovilizado en el cerrojo de la confianza, ajena a la pena y a la fianza que de necia, no se asoma al brusco desborde de los planes.

Y de los panes de cada día. Esos por los que reía yo. Por los que te amaba. Y te aguardaba.

Era entonces menor la importancia si en esencia eran panes o planes -en tanto ausentes de arrogancia-, aún en la emergencia de la duda. Esa rejilla, oscuro alter ego de la necedad, por la que ahora, irremediables, se escurren sueños y quietudes.

Me sumerjo en cuanto mundo paralelo puedo inventarme y descubro que no sirve, si todavía es rojo el techo que detiene mi vuelo, por el hecho casual e irrisorio de un tiempo que nunca dejó de quejarse, ni cuando mis manos le prodigaron ternura a puñados prodigiosos. Y a veces, hasta religiosos, por esas flores que de tanto rojo no son tales, sino y solamente, males (pero no las del mal) las que febriles, saturaron de espanto y llanto el final.

Ese, que decías era previo canal -para nada banal- hacia el perdón. ¡Qué mentira! Fue postrero y terminal.

Pero, aunque no se note, decerrajada ya la confianza, sus implicancias de crisálida se resuelven hoy en el umbral de otro comienzo.

Libre de manipulación, despierta una realidad nueva de lienzo blanco estirada, esperada y honrada; impecable, absuelta de pecados y recados agobiantes. Los de antes.

Sólo me susurran unos gritos en medio del rito, que debo cuidarme de los rojos.

Por eso ahora tengo ojos también en el alma.

Sin drama y en calma vuelvo a empezar. Estoy alerta, despierta. Por si el azar se alzara en mi contra o a favor.

Es que nunca se sabe.

Y tú... Tú sólo conoces de golpes y contragolpes. Los rojos.

AZULES

Para "Budistamente". Digo... ¡A Dan Franco!


AZULES


Amo el azul de tu mirada,

pertinaz oleaje de mi talle,

refugio obligado de mi boca,

vestíbulo elemental

de presagios y ternuras.


Desdeño, apenumbrada

el azul de tu ausencia,

agua marina atardecida

que confunde y abandona.

De impiedades,

cristal inextinguible.


Azules que conspiran

contra deidades ilusorias

y providencias derrumbadas.

Nihilismo que congela,

del cuerpo sutil linterna,

sedienta noche que libero

a los abrevaderos ocultos

de viñedos estelares.


Puñales azulejos, tus ojos,

turbulento embrujo revelado.

Seda pasajera ese frágil,

ambarino amanecer

anclado en historias de mares,

sirenas, arenales y llegadas.


Si Odiseo amó tanto

como proclama la leyenda,

debió tener por fuerza,

un corazón como el tuyo,

amante deslindado

de regresos y partidas.

EL CAMINO A SEPULTURA

La playa de Sepultura (Município de Bombinhas, Sta. Catarina, Brasil) se encuentra en una de estas bahías (la pequeña, al fondo y a la izquierda). Es reducida y ha sido bautizada como "playa encantada", lugar energético, paraíso de buceo, etc.

Si uno se sitúa en el punto dónde se angosta la tierra firme, se tiene vista hacia ambos lados, de dos bóvedas de mares opuestos: bravo el uno -abierto al Atlántico-, y aplacado el otro, de trasparentes aguas turquesas.

Historia: antigüamente se llamaba "Praia da Embaixada". Pero en 1840 -creo- hubo un severo pleito entre esclavos, en el que uno de ellos acabó muerto, y fue enterrado en esa playa.

Leyenda: se dice que, antiguamente también, fue tierra de piratas. En un amotinamiento suscitado con relación a la "titularidad" de cierto botín, encontró la muerte un buzo que acabó sumergido junto al tesoro discutido. De ahí el nombre de la playa, cuya arena -comento- contiene cristales de cuarzo, luciendo un satinado especial. Tampoco quema. Y es -según algunos- un área muy energética.

Geografía: tal como se advierte en la foto, la forma de la península es similar a la de una gran tortuga que avanza sobre el mar.

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El arbitrario camino a Sepultura hace siglos que navega arrastrando el continente sin reconocer destinos de cordura. Se conduce entre raíces aéreas, barreras de silencio y chillidos, sombras agotadas por gotas luminosas y algunos tramos donde reina un extraño crepitar: son peces aprendices de brujo reunidos al conjuro de un fuego ambarino, submarino y persuasivo, invisible para el pasante silencioso.

Interrumpen el cónclave mariposas trasparentes o completamente azules empeñadas en desandar una y otra vez el andén aéreo, surcado por andariveles envueltos en jade y por cañas jadeantes de caireles azucarados.

El camino a Sepultura estira sus dedos membranosos hacia el cielo y con uñas de roja flor araña el corazón dorado de un atardecer ronroneante y dulzón, atrapado desde siempre en las redes que tiende una botella grávida. Esa, la Cristalesa que vierte lágrimas de ron sobre el tapete del horizonte. Y que a veces se da vuelta y, colocándose un collar de perlas, practica yoga a la luz de la luna.

Al contacto de sus pies de plata ¡la fría piedra reverbera!

Luego desciende por desvaríos de agua hacia un depósito donde alumbra esmeraldas y madreperlas. Lo custodian un esclavo y un buzo entregados a una conferencia que lleva siglos ausente de resolución; se pierden examinando sus venturas y desventuras en confines acuáticos bajo la arena póstuma de cuarzo y estrellas, acosados por bailarinas desvencijadas de aletas y amantes de mirada amatista, todas extranjeras.

El camino a Sepultura confunde y remite a error induciendo al arrepentimiento y al regreso por las dudas, por temor, por inquietud y porque está sellado justo en el acceso, donde la única certeza es que se muere un poco cada día.

Los infelices que ingresan, se comenta, quedan atrapados en una suerte de embrujo y deleite del que no pueden sustraerse. Condenados a volver, o a tener noches de sueños recurrentes.

Aunque no se puede vivir volviendo.

Porque los efectos del vino que se escancia en sus escalones resinosos son irreversibles. Y porque los cántaros donde se guarda reposan en dos bóvedas marinas encadenadas al cuello de una tortuga que navega hace siglos, y que nadie ha logrado ver. Tal vez, debido a que está demasiado expuesta.

EJERCICIO INAPELABLE DE LA NO NIÑEZ



Ejercicio inapelable de la No Niñez


A mi Padre

Cuando confiaba en el mundo como un lugar seguro, y el río se derramaba en poesía, era una niña.

Cuando las Bagatelles de Beethoven, ausentes de peajes hostiles, me tendían alfombras mágicas plagadas de secretos, era dueña de certezas fabulosas.

Fueron épocas de reinventar juegos en barcos sometidos a eternos remiendos, de precipitarse por arenales indispensables para alcanzar los botes cargados de flores ¡y tal precipitación implicaba la gloria!, así como de abordajes a las balsas —invariablemente atestadas de camalotes y nenúfares—, con reticencia a desalojo alguno.

También era una niña cuando amaba sin reparos las hermosas manos de mi padre en mi cara y, al mismo tiempo, recelaba sus libros en mis planes.

Cuando resistía en silencio, como a un odiado rival invencible, “su” concierto para piano en Do Menor de Sergei Rachmaninoff, mientras con sus ojos en los míos me hablaba de historia, perdido en algún siglo allá a lo lejos en el monte Olimpo, entre pensadores precoces e ilotas imprescindibles, yo era una insurgente asilada en el Oráculo de Delfos.

Cuando mi padre llegaba contento trayéndome un trueno que a la distancia rodaba su peñón * en una tormenta de Lugones, el reposo en una rima de Becquer, o tres filósofos estoicos encorsetados en tomos de cuero —todos involucrados en su política acerca de lo relativo de lo absoluto—, yo era una aprendiza contrariada.

Cuando me impulsaba a escalar los cerros más allá del azul en busca del legendario ojo de agua oculto en la montaña, como si de encontrar la bolsa de monedas de oro al extremo del Arco Iris se tratara, yo era una desertora frustrada en abierta y airada rebelión.

Mas tal rebelión resultaba lastimosamente manipulada por:

—La abrupta fuga de la tarde.
—El cerro invencible.
—El complot encendido de las luciérnagas.
—Las estrellas de pompa irreverente.
—El acecho enardecido de grillos, sapos y chicharras.
—Las tijeras sorpresivas de la luna.
—La lluvia impertinente.
—Y... la noche, claro.

Bajo tales encantamientos dominando nuestra épica travesía, yo era una niña muy preocupada por mantener un enojo necesario, irresponsablemente devenido en hechizo irresistible.

Para cuando mi padre defendía las propiedades del inofensivo berro atrapado en las caídas de agua y nos trenzábamos de inmediato en discusiones bizantinas, así como cuando yo no entendía qué hacíamos persiguiendo cascadas improvisadas a fuerza del narcisismo desafiante de los cerros, era en verdad una niña fragmentada.

Cuando pude zafar de todo esto, todavía era una niñita.

Desde entonces, todos los días festejo mi No Niñez. Como Alicia en la loca ceremonia del té, con su No Cumpleaños.

Ahora, por lógica consecuencia del paso del tiempo, ese médico y juez inexorable, puedo escoger y albergo para mí el libre albedrío.

Dispongo pues de mantenerme cuerda, de enloquecer, de ver pero no mirar, de oír pero no escuchar, de estar pero no participar, de irme, de quedarme, de hablar, de callarme, de reclamar, de testimoniar o presidir, de acusar y de absolver, desde el mirador indulgente de mi alma.

Pero no es tan fácil.

Principalmente, porque vengo muy ocupada en celebrar cada día mi No Niñez, lo cual me consume casi toda la energía, por resultar mi No Niñez un hecho irrebatible. Se trata, por ende, de una fiesta un poco aburrida, por reiterada.

El ejercicio constante de la No Niñez es agobiante en realidad.

Si bien tengo piedra libre para decidir lo que se me ocurra, la relatividad de tal libertad no me resulta ignorada; es decir ¡vamos!, puedo pronunciarme por el temperamento de vida que mejor me quepa; no estoy obligada a ese pasado de música clásica, poesía y cerros azules repletos de albahaca y laureles. No. Soy libre de renegar de todo aquello y disponer por lo menos mi futuro inmediatísimo: decido qué comer, qué escuchar, qué ponerme, adónde dirigirme, o porqué seducir o dejarme seducir.

Sí, claro, por supuesto que es posible, que se puede. Todo se puede.

Y todo tiene un precio.

Pero, como es comprensible, en la patria de la No Niñez se complica el atlas de la libertad, cuando se trata de decidir los precios a pagar.

Sé de permanecer o salirme de un cuento de Grimm. Sé de colocarme en tránsito Omm hasta ver qué pasa.

Lo que me está vedado en mi No Niñez es detenerme; me encuentro imposibilitada de abjurar del tiempo.

En realidad, apenas elijo qué no debo hacer.

Así, durante mi No Niñez he pagado algunos precios: entregué las bagatelas de piano porque después de todo, mucho tiempo no tengo. Aunque las muy obstinadas siguen tocando al oído de mi alma.

Con relación a la arena, simplemente no es compatible con el ritmo citadino. Aunque mi otro yo cambiaría cualquier cosa con tal de establecerse en alguna playa olvidada frente a un mar adolescente, sólo sometida a la vigilancia del cielo azul.

El río sigue allá lejos con sus barcos en lista de espera para reparaciones que tal vez nunca lleguen. Pero aún así, quisiera volver a visitarlos. Los camalotes son bastante complicados e imprevistos como los amores de la isla, así que fueron embestidos por las rutilantes piscinas con hidromasaje y los spa artificiales.

La montaña azul y el ojo de agua escondido resultaron aptos para treking y ya están en los circuitos de turismo new age, convenientemente maquillados: el ojo de agua fue sujeto pasivo de diseñadores enfrentados y la montaña cedió sus azules lloviznas a cuidadores importados.

La albahaca se mudó a granjas que cotizan en bolsa; igual que el berro, ese ahijado anónimo del solitario mecenazgo de mi padre.

Los laureles, el olor a tomillo y el primer rocío en el cerro conforman, al fin, una conjetura para periféricos y limítrofes sociales que buscan la piedra filosofal envueltos en una nube mística y milenaria. No es mi caso.

Rachmaninoff se transformó sin embargo en un refugio inesperado. Las manos de mi padre en los libros se me antojan milagrosas, aunque seguramente es un episodio momentáneo...

Aunque si hay algo concluyente, es la presencia decidida de tres genios: Aristóteles, Séneca y Diógenes, que se sacan la lengua cómodamente instalados en la bruma azul del cerro, ahora perfumado de menta y romero, mientras el obstinado ojo de agua me perturba con su camisa de ángel ¿o son alas? Y... anochece. No como yo quería, ni cuando yo quería, ni dónde hubiese deseado. Pero, si me adapto al hecho de que las cosas son como son y no según mi capricho lo dispuso en algún soliloquio antojadizo, se formula el milagro y la luna se renueva magnetizada en cuarzo.

De pronto descubro siete duendes que, en busca del tiempo perdido, se desperezan sorprendidos entre los dedos de mi padre; ese mago implacable, incomprensible y querido que aún debo encontrar en el cerro azul.


Recién entonces, la mujer que hoy escribe hará las paces con la niña que sabía mucho más, pero se extravió algún tiempo en el mapa del tesoro.


*Salmo pluvial de Leopoldo Lugones (puedes leer la poesía completa en la columna de la derecha)

MIGRACIONES

Cuento inspirado en la propuesta de Revista Almiar: "Pretérito futuro" http://www.margencero.com/preterito/preterito_textos2.html#monica



Menos mal que te encontré. No te imaginas el pánico que me invadió ante la sola idea de haberte perdido. Pero no, qué va. Estás aquí, a resguardo de toda mortalidad, tal como aquella tarde.

Te recuerdo primorosa, vestida de blanco, en la terraza. Me mostrabas los pasos —pasos de baile— que coqueta, ensayabas de columna en columna, «para ejercitar los pies en el zigzag», decías. Entonces pensé que si tú ibas a ser una gran bailarina, yo tendría que oficiar de acompañante, narrador de cuentos y cuidador; debería encargarme de que no danzaras si se te lastimaban los pies o si te sentías triste y sin ganas de ballet. Aunque te confieso ahora que esa idea me abrumaba hasta robarme el entusiasmo. Imagínate qué responsabilidad tan grande, velar por los pies de una bailarina y por la bailarina.

Me encontraba tan ensimismado en estas reflexiones mientras seguía el grácil movimiento de tus bellos, pequeños pies, que no me di cuenta de nada.

No advertí los gritos, ni la tormenta repentina ni el viento ese tan fuerte que te empujó abajo, donde quedaste convertida en alas de cisne abiertas al cielo, como un triste abanico caduco junto a un granado que suspicaz, polarizaba sus frutos de ti. A tu lado sollozaba un ser alado también; tenía las manos llenas de luz que derramaba sobre tu carita de muñeca, hasta que se dibujó en tus labios la sonrisa de las Doce Princesas Bailarinas, igual que en el cuento que te había leído la noche anterior.

La gente corría, gritaba y el viento no permitía elaborar siquiera una idea que permaneciera estable. El viento se robaba las palabras, ahogaba las razones y fustigaba los rostros sin pausa y sin piedad.

Luego supe que fue un viento malévolo.
Pero no consiguió gran cosa. En contra del soplo infernal, te fuiste alejando hacia el horizonte arrebolado de carmines que —aún en minoría—, pugnaban por ganar un espacio al negro telón del tornado en retirada.
Sentí impotencia.

La bendición del llanto no me fue otorgada.

Más adelante, en la soledad de los años infantiles, cada día de viento me acordaba de aquel infausto que te lanzó fuera de mi vida y, enfurecido, abofeteaba el aire receloso.

Así, me fui convenciendo que se había desatado con el propósito de robarte el alma para llevarte al Averno, como Hades hizo con Perséfone. Reforzó mi idea el hecho de que luego de tu partida sobrevino el otoño y ya no había flores. Entonces supuse que, al igual que la leyenda, estarías de regreso para el solsticio de verano, a más tardar. Pasé así muchas horas sentado en aquella terraza, cada veintiuno de diciembre, atento a cualquier señal y acompañado de tus zapatillas de seda por si acaso.

La última vez cayó en ellas una granada. Entonces supe que te vería.

¡Mírame! He venido a juntarme contigo muchos años después, un veintiuno de diciembre en que luego de esperarte, fui al encuentro del mar para ahogar tu recuerdo.

Divagábamos mi alma y yo en el azul profundo cuando reparamos en una zapatilla igual a las que calzabas aquel día, a la deriva en un periplo solitario. Nada más verla, nadé tras ella enloquecido. Nadé y nadé hasta perder el sentido en retazos de seda blanca.
Y entre flores de seda y granadas de sangre, te hallé entregada a la más delicada danza que haya visto... Y presencié muchas luego de tu partida, sólo por recrearte en mi pena.

Ahora estás bailando en medio de un lago de cisnes mientras un curioso cascanueces se encarga de los exquisitos arreglos musicales. No sé dónde están los demás...

Pero ¡qué importa, hermana, si tenemos quince años y volvimos a encontrarnos!

TRANSPARENCIAS

A Sonia Del Papa Ferraro, por la Poesía


En el río, Meditaciones:
de plata, las estrellas,
de esmeraldas, los nenúfares,
de rubíes, los ceibos.

En la isla, Recogimiento:
de azahares, los naranjos,
de plumajes, los sauces,
de ámbar, las miradas.

En los muelles, Seducción.
trémulos los deseos,
perdonables las culpas,
decididas las acciones,
extinguidos los rencores.

De Oriente, las maderas.

Al frente,
jazmines que atardecen.
Lujuria de perfumes,
virginidades imposibles...

Ternuras.

En los copos azucarados,
risas de niños,
seguramente morenos,
que el viento trae,
quien sabe de dónde.

Una repentina lluvia de azules
recrea transparencias.
Impertérrita,
insolente,
póstuma desnudez.

Y en la trastienda crepuscular,
embriagado de Arco Iris,
suave y frutal,
se despliega el Amor.

FLORES INESPERADAS

Hay flores que brotan
en tiestos impensados,
bajo condiciones extremas,
azulinas de escarcha.

Dónde menos se esperan.

Aún así...
Se abren camino.

Y la capacidad de asombro,
esa moneda que por gastada
abandonamos a los recuerdos,
reaparece perpleja y esmerilada
en un vuelto de golosinas,
en cualquier transacción mínima,
corriente y nada complicada,
como cuando compras uvas.

O en la baldosa exigua
Que altruista adopta la lluvia,
mientras azorado resbala un beso
de un paraguas pasajero.

Es también una moneda
que sorpresiva, remonta vuelo
a bordo de gorriones transparentes,
para caer en aquel bolsillo
abierto al ocaso del Rencor.

Mientras el viento nos desviste al oído
una partitura accidentral,
a nuestra imagen y medida,
una tarde cualquiera,
en la que empujados por la brisa
andamos con prisa y sin prosas,
ausentes de risa y sin rosas.

ECUACIONES

De Olvido vestida
fue a la cita.
En los ojos, tijeras,
en el pecho, volcán,
impresentable,
vomitando sueños.

El Recuerdo...
Hambriento,
descalzo,
insomne.

Despojado.

En el aire, lluvia.
En las miradas, terciopelo.

Despavorido
huyó el crepúsculo
desencadenado en flores.

REVELACIONES


Se ha hecho tarde y la oscuridad estremece el azul profundo del mar.

El final de la noche me sorprende en la clandestinidad de un bazar sibilino, donde se liquidan quimeras a precios irrisorios, dado el avance decidido del amanecer, para cuando todo deberá quedar redimido y encriptado. Pero es mercancía azarosa, cifrada en claves arrancadas al velo sesgado del pasado.

Mientras me gana la indecisión ante tan singular oferta, la vigilia se prodiga en juegos intencionados con los pensamientos, aún entumecidos bajo el sopor de la penumbra. Hay tantos rumores... Pero no los escucho. Hace tiempo que no atiendo sus cantos de sirena. Son amores irresueltos y acechanzas de contiendas que dejan su huella en la arena, devenida en disipadora de esperanzas.

En la ambigüedad de la estática nocturna, el ámbar de una alborada prematura se cierne sobre un mar intrusivo que eclipsa los sentidos. Todo parece posible. Los sueños más recónditos emergen de una dimensión atemporal, trayendo consigo los espejos del pasado. Son deseos negados, palabras nunca dichas, caricias adeudadas, miradas guardadas, lágrimas y risas largo tiempo contenidas, viejos impulsos acallados, los que se congregan en una ceremonia perturbadora ante el Portal del Pretérito, ahora renovada.

Inesperadamente, un relámpago envuelto en ira se presenta a exigir rendición de cuentas, pero el extraño grupo hace caso omiso de su barullo y se desata entonces una guerra que compromete los tres reinos. El agua se abate sobre el agua y sus habitantes silenciosos, para resolverse de inmediato en piedra que lastima y que huye hacia la tierra seca, mientras el cielo desciende oscuro y despiadado sobre los ignotos ciudadanos de la esmeralda vegetal. Un breve interludio en sol menor rasga el firmamento confundido entre el índigo y el púrpura, mientras el corazón de la oscuridad se recoge en cuchillas recelosas. El caudal viajero, oficiando de sagrario tan infiel como descomedido, consuma el despojo tragándose las bestias y sus inofensivas armas, incautando sus secretos que entregará luego a los arcanos de la noche, ausente de todo remordimiento, para mutar de inmediato en inofensiva playa somnolienta que honra la vigilia.

Bajo un invasivo efecto narcotizante, mis sentidos ceden a la fascinación del Pretérito. Voy a entrar. Es coloquial y poderosa la atmósfera que se respira en el acceso...


He pasado al otro lado. Y ya nada es lo que parece.

Dominando toda vacilación, el portal nocturno adquiere a mis espaldas una impensada consistencia. Hacia atrás, un perverso telón recargado de terciopelo y caireles sofocantes me sumerge en terrores olvidados, reteniendo las monedas específicas del Descanso y la Esperanza. Y con tal entrega ya no habrá retorno posible. Las cuentas del pasado se han rendido obedeciendo las pautas subterráneas de los volcanes.

La ilusión de lo tangible se alejará en
divina comedia
bajo la impronta de lo irredento. No habrá más que hacer, salvo sostenerse en la vigilia esculpida en mareas de otras dimensiones, donde el descanso será negociable a la sombra de pesadillas del pasado, bajo perspectivas tan desconocidas como reveladoras.

Ha sido conjurada la lógica diurna. Toda búsqueda de una salida que no contemple el paso liberador del medio cielo multidimensional, devendrá en puro espejismo.

He ingresado y la puerta se ha sellado sobre mi entendimiento tal como lo conocía.

Hay otros lugares.

FUGACIDADES


Sucede cuando el sueño se aleja, desvencijado entre las luces y los susurros del alba. Entonces me doy vuelta y alargo la despedida, aferrada a una ausencia cuya presencia me lastimará, pero mucho más tarde.

Mientras, descanso en la comisura de un tiempo vacilante.

Te siento tal como antes, como casi todos los días, en esa zona franca del despertar incipiente que habilita un brevísimo tiempo de milagros. Y me digo que es una suerte que estés ahí, arropando el silencio de la noche en fuga.

¿Nunca te fuiste… ?

Arrastro pesares que no cierran y resulta que sigues allí, al amparo de la última estrella y resistente a las claridades que ofrenda el horizonte.

¡Ah, cuánto siento haberme recluido en soledades artificiales! No te imaginas cuánto...

Pero lo importante es que sigues acá.

Los párpados me pesan doblegados por tu ternura y, con placidez, se acomodan en la duermevela de una canción de cuna… Me abandono en la abertura a medio camino entre la vigilia y el sueño que, por primera vez, no me importuna.

Todavía no sé.

No deseo saber.

Estiro las manos y te llamo, como cuando estabas y yo sólo conocía certezas. "Ya verás que todo irá mejor a partir de hoy", me dirás. Y yo te creeré.

Me gusta llamarte. Me gusta mi voz cuando te nombra. Me gusta la ventana y el olor de las fresias, justo el de tus manos cuando tocas mi hombro. Giro hacia la luz, por fin abro los ojos, buscándote… Y recapitulo bruscamente.

Es el turno de las lágrimas.

Vuelvo a llamarte pero no respondes. De pronto te has ido.

¡Otra vez el ritual que me entrega expugnable a las ferocidades de la realidad!

Y comprendo.

Me ha regido la extraña rosa de los vientos del renuevo de lo viejo.

Pero soy dócil, sostengo la decepción.

Hay otras vidas de este lado. Debo irme.

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— Madre, has estado, ¿verdad?

Porque la periferia que nos separó aquel día, cuando trastabillé ante tus ojos apagados, hoy remite a Maderas de Oriente.