¿Qué es una Revelación?

¿Qué es una Revelación?
Es como cuando estás en una habitación pequeña y de repente se caen las paredes y ves todo el exterior. Es lo que puede sentir un ave cuando rompe a volar. Ya no te importa la pared o la cáscara. Son historia. Es una sensación muy gloriosa.

El Patio Encantado (quinta entrega)









V


La capota admonitoria que apresuraba la caída del telón crepuscular no alteró -en principio- mi entrega a las ecuaciones filosóficas que me inspiraba aquel patio arrinconado contra América del Sur.

Hasta que una suave e inopinada brisa estremeció el sosiego vegetal para atribularse con rapidez contra las hojuelas penitentes de la Enamorada del Muro. Recién entonces reparé en la ausencia de gorjeos y piadas.

La emigración de los pájaros se hizo palpable; su omisión llenaba el silencio de tal manera, que un grito hubiera sido menos alarmante que esa quietud enrarecida. 

El soplo huracanado no demoró en romper los cántaros de un firmamento aplastante y umbrío; todo el patio pareció rebelarse encendiéndose de azules intermitentes mientras los amores inestables de las plantas se desarmaron como por encanto. Sólo la Enamorada del Muro se aferraba con una fuerza inusitada a su piedra elemental, mientras el alcanfor resucitaba por tercera vez, abriéndose paso desde las entrañas de la tierra. 

Algo no estaba bien. 

Sin embargo permanecí tozudamente escudriñando el cielo ennegrecido en medio de una desmesurada vorágine de viento y arena. 

No hubo tiempo para el arrepentimiento. 

La herida fulminante de un rayo partió en dos el clamor del silencio y la realidad dejó de ser. La copa que descansaba en mis manos fue alcanzada y se hundió en un mar de arena sobre el que se desplomaron los espejuelos –otrora esenciales- de un pasado exhausto. 

Busqué con desesperación una salida. Podía olerla, me pisaba los talones. “Tranquilízate, vamos, estás en casa”, me repetía, burlona, la pared de piedra, desplazando aberturas a su antojo en cuanto mis pasos respiraban el umbral de un posible escape. "Parece un Ta – te -ti ruso", pensé espantada, mientras las costuras del medio cielo nocturno se abrían bajo mis pies y el patio se escurría, irremediable, por sobre mi cabeza. 

El viento culminó la tarea como un coloso exacto y milimétrico: apenas quedamos un pensamiento y yo. 


(continuará... )

El Patio Encantado (cuarta entrega)





Otras veces el hamsin
deja ver antiguas construcciones 
que permanecían sumergidas en sus entrañas.
(Mercedes Vigil: “Cuando sopla el hamsin”)




(Sesenta años atrás... )


La casa ostentaba plenitud de obras.

La familia Amado se esmeraba en ampliar su espacio con entusiasmo y sin pausa. La madre, los hijos y los hijos del otro se mostraban ¡por fin! hermanados en el cariño filial, ausentes de discusiones de medio y no medio, de familias y medias familias, de “la madre de mi hermano que es la esposa de mi padre”, y todas esas cuestiones. Parecía que el amor –o la armonía- se había impuesto por sobre las diferencias y resentimientos inútiles, como suelen ser los enconos entre hermanos medios y totales: todos son carne inocente de posibles inocentes. No obstante, a veces se lastimaban sin piedad y sin sustento, a excepción de motivaciones respecto de las cuales ninguno pudo hacer prevalecer su voluntad.

Como sea, la casa se terminó y fue inaugurada con gran pompa y cantidad de bendiciones. Todos estaban exultantes; parecía que la belleza asceta de sus líneas se imponía por sobre las malas intenciones.


Que no las había.

Salvo, tal vez, la intencionalidad de Lisio. Ese medio hermano de todos, pero que a ciencia cierta, nadie sabía bien de dónde –o de qué útero- provenía. Simplemente, siempre había estado allí.

Sólo Ángela se preguntaba quién era Lisio en realidad; de dónde venía, qué vientre lo había alojado; cuál era su juego en ese grupo familiar difícil pero que siempre superaba los desencuentros en virtud del amor que lo regía, impidiendo enconos duraderos.

Al menos, así lo entendía ella. Y obraba en consecuencia. En tal entrega la encontró esa noche, espesando el dulce de frutillas que acompañaría con mentas y chocolates helados.

Lisio la observaba fijamente, con una mirada sensual y atrevida, despreocupado y sonriente.

La sonrisa de Lisio. ¡Ay, esa sonrisa! Ángela la odiaba, tal como odiaba el rostro de Lisio. Adivinaba la bajeza y el engaño que inspiraban la curvatura endiablada de esos labios y, al mismo tiempo, los deseaba de un modo casi imposible de neutralizar.

Hasta esa noche de Brujas.

Ese treinta y uno de octubre recién amanecido bajo la captura tierna del primer rocío, en el que Ángela, como un hada cálida, reinaba entre frutas y mermeladas, perfumada de caramelo y de noche en fuga. Lisio se presentó en la cocina, se apoderó de su talle y puso en su boca menta y chocolate en un beso profundo, dulce y marino, voraz en el retorno, como las olas se retiran para retomar la playa con mayor brío; tan lenta, intensa y salvajemente que la resistencia de ella apenas fue una mueca que se perdió en el oleaje de la acometida.

Aunque los registros sabios del alma guardaron ese momento en un arcano cuya llave fue lanzada al éter. Allá... En el límite sagrado donde el tiempo y el espacio no cuentan.

Sobrevino luego el invierno con sus cojines de nieve. El sol se ocultó durante seis largos meses; las estrellas lloraban escarchas mentoladas y las frutillas agotaron el regazo de Ángela.

Ángela, encinta, sonreía y sollozaba sueños cancelados, hasta que la razón la extravió en un abismo llamado Lisio, de cuya existencia todos, con el tiempo, llegaron a dudar, de una u otra manera.

Estaba sola.

O no. Ella y el Abismo eran compañeros.

En tanto, voluptuoso y radical, el vientre se imponía por sobre los estados de tristeza del alma.

Un primero de agosto helado dio a luz una niña de extraña belleza y singular energía. La llamó Augusta y le ofreció el pecho unos meses, para luego abandonarse a la intemporalidad que ofrece, generosa, la locura.


(Continuará...)

El Patio Encantado (Tercera entrega)


El gran movimiento de las dunas lo cubre todo, 
tragándose caravanas enteras, 
ciudades y pueblos 
bajo el poder absoluto 
de sus mantos de arena. 

(Mercedes Vigil: “Cuando sopla el hamsin”)


Un año antes...


—Acá tiene las llaves. Que consiga ser tan feliz como yo lo he sido viviendo en esta casa —me deseó doña Victoria, la mujer que acaba de venderme la propiedad, abrazándome.

—¡Gracias, muchas gracias! —me emocioné—. ¿Alguna recomendación qué hacer? Usted ya sabe, las casas viejas son bonitas pero tienen sus mañas...

—No, hija, esta tiene sus mañanas, que es muy distinto —me corrigió la mujer.

—No entiendo... —balbucée, algo apichonada.

—Mire chica, no se preocupe. Nada más cuando se desaten tempestades con fuertes vientos y actividad eléctrica, métase adentro; no se quede afuera. Las corrientes de aires suelen multiplicarse en el patio y los temporales parecen más violentos y poderosos de lo que son en realidad —me informó la ex dueña.

—Ah, ya! ¡Ja, ja! Bueno, el caso es que me gustan las tormentas, así que me sentaré a esperarlas en el patio. No olvide que vengo de un departamento muy pequeño. Tengo sed de inmensidad —me exalté de repente.

El rostro de la mujer se transformó en un gesto preocupado:

—Pero no en este patio. No lo haga.

—Bueno, no entiendo de nuevo —dije con algo de fastidio. Tenía prisa por quedarme a solas con mi flamante adquisición. 

—Al fin, no es más que un patio en una casa como tantas —añadí con impaciencia.

—¡Ese es el error!

—Cuál error, doña Victoria?

Realmente, me parecía una conversación de locos.

—El que cometieron los demás —musitó la mujer, apesadumbrada. Tanto, que sobre su rostro cayeron cientos de años.


(Continuará)

El patio encantado (2da. entrega)



Un cambio sutil en el tiempo y el espacio me desorientó. Me vi ¡tan niña! descendiendo hacia el mar. El día era de una hermosura extraordinaria, casi sospechosa.

Los escalones de piedra viva me condujeron, sedujeron y dispusieron de mis pasos con absoluta impunidad.

De pronto tuve doce años. Vestía una camisola blanca, fresca y perfumada. El mundo circundante carecía de toda hostilidad.... Las amarguras y desilusiones, las culpas y los rencores, desaparecieron por la bocaza del horizonte opuesto a la tormenta.

 Descendí dócilmente los diez escalones que me unían a esa playa, tal como los días por venir nos separan de la muerte. Y pisé la arena.

Unos cangrejos pequeños, arenosos, con ojos de aguamarinas, me pasaban al lado como si tal cosa, como si mi presencia integrara el paisaje.

Caminé hacia la orilla. La arena era una caricia, el cielo, un delirio azul imposible de desdeñar y el mar, un abismo que prometía certezas, por absurda que parezca tal promesa.

Era mediodía. Me quedé contemplando la inmensidad líquida, incapaz de salirme de mí.


(Continuará)

El patio encantado

Cuando sopla el hamsin, 
la tormenta roja del desierto, 
todo se transfoma.
(Mercedes Vigil: “Cuando sopla el hamsin”)



Era una casa rara. No había conocido otra similar. Transmitía desasosiego, al tiempo que seducía. Tal vez por la tormenta que se avecinaba y porque el aire estaba cargado de electricidad agazapada.

¿Una casa histérica? ¡Por favor!

No obstante, la casa, en virtud de un extraño juego de malabares, resultaba más amenazante, incluso, que el cielo encapotado desde cuyas costuras podía verse el reflejo índigo –no de niños- sino de un fleco definitivo y poderoso.

Traté de abandonar mi asombro en la sombra de una ventana; no aceptaba que una simple tempestad se alzara con el poder de mis emociones, de mi futuro inmediato e incluso, de mi pasado tan cuidado y tan prolijamente desechado, por partes iguales.

Lo cierto es que la tormenta era de una inminencia cuyo voltaje resultaba indiscutible. Se medía en las reacciones de los seres vivos... Todos. El menos indicado, el humano. Los más acertados: los animales. Y, entre sus especies, los que vuelan. Ellos desaparecieron; de pronto, los patos del pino, los petirrojos, los gorriones y los loros barranqueros se alejaron en una escuadra multiforme y estrafalaria. Apresurada. Estaba pasando. Ocurría en el cielo incierto de ese patio. Y no me pareció un hecho para ignorar. ¡Quise salirme de inmediato!
 La casa me resultaba engañosa pues carecía de salida a simple vista. Sólo... la ofrecía. ¿Una trampa?

Tal vez.

Procuré por años la apertura hacia la parte externa de los muros.

Y, entre tanta ejercitación a fuerza de búsquedas fallidas, me fui familiarizando con sus paredes, sus pisos, sus cielorrasos antojadizos, caprichosos. Los conocía; no iban a sorprenderme. Eran el útero de mi madre cuando yo maduraba, pese a que alguien o algo se presentaba en las noches de viento.

El Hamsin.

Pero no era Egipto. No. Apenas un rincón de América del Sur...

Fue cuando un cambio sutil en el tiempo y el espacio me desorientó. Me vi ¡tan niña! descendiendo hacia el mar. El día era de una hermosura extraordinaria, casi sospechosa.


(Continuará... )


Y, si Dios quiere, pronto lo estoy colgando completo. Es que se me ha ... derramado la historia, digamos, y he debido agrandar el recipiente.

Entre tú y yo

Fotografía: gentileza de "Margarita"

*****************************

No sé porqué traigo este libro, si se me cierran los ojos.

Desligo mi mirada del pasado y devuelvo la arena a la ventisca. El libro se deshoja, ceniciento de sofismas. Prescindo de él y me instalo en un recodo ausente de ternura.

sin embargo, tú me esperas.

Un patio anticipa el encuentro. Hay una hamaca blanca en la que un niño dormita cuentos de bosques inaccesibles. Lo despierto, le pregunto por ti, me dice que te has ido conmigo, que debiera yo saberlo bien.

Abandono esa respuesta y me anudo en silencios. Por un instante, la cordura me implica en desconciertos crueles pero no me detengo, conozco las trampas de la inercia.

La oscuridad es espesa, avanzo a tientas y dejo atrás varias puertas. Llego a una recámara dominada por la amplitud. El cielorraso exhibe maderas de oriente y tapices de exquisitos tonos turquesa. Los admiro atónita y algo asustada, no alcanzo a comprender. De pronto me gana un dolor insoportable y pierdo equilibrio a pasos agigantados; mis manos sostienen dos copas de cristal que desfallecen, minadas por imperceptibles hendiduras.

Tú estás a mi lado, me abrazas, enlazas mi cintura tiernamente, sonríes divertido y aliviado. Yo no me percato, dudo sobre qué debo sentir.

En tanto, ya es el mediodía.

Los amplios ventanales me seducen y te olvido, te dejo, prefiero la luz. Ya no deseo encontrarte. Empero, vacilo, esperando una señal… Que no llegará nunca. Porque ya se ha instalado entre tú y yo, mucho antes.

Salgo de allí empujada por congojas antiguas y arribo a una playa de topografía accidentada. Eso me exaspera y grito, pero enseguida advierto que es una alucinación, un sueño ajeno del que no participo.

Libero los sentidos de toda confusión y empiezo a caminar.

El niño que dormitaba cuentos de bosques viene detrás. También, una niña que por momentos se confunde conmigo y que a ratos pierde inocencia y docilidad. Me tiende la mano. Intento mirar las mías, pero sólo veo las tuyas. Y entre tú y yo, una desnudez que nos aprisiona y enloquece, a fuerza de exclusiones.

Un poco más alejado, hay un hombre que vende lienzos blancos pintados de colores; los ha tendido en sogas apenas visibles y yo, no sé porqué, creo que no son sino plasma de ilusiones erradas, condenadas a la soledad de los arenales. El hombre me ignora. Prosigo mi marcha. El niño viene, aunque ahora me fastidia su compañía.

Es asombroso cómo se imponen los acontecimientos. Súbitamente, distingo un conjunto de catedrales. Y me digo que es raro, pues están enclavadas en esa playa accidentada, desordenada, en la que incluso el río desluce, ausente de armonía y sonido, como un caudal enmudecido y atrapado en el lecho equivocado.

Necesito salir.

Pero ¡ya he salido! Estoy afuera, paralizada ante esa catedral de fino mármol claro e infinitos escalones que, como si fueran encajes de seda, rematan un atrio espectacular.

Me invade una frustración enorme: son tantos, pero tantos escalones los que conducen a la nave central, que declino la absurda invitación. Decido continuar, pese a que su belleza me empuja dentro. Un haz de luz rosada se interpone, hiriéndome la vista. Elevo la mirada y puedo leer: "Nuestra Señora del Socorro." Y si bien me sostengo en la renuncia, no logro apartar los ojos del nombre grabado en la magnífica piedra de rodocrosita. Su delicada arquitectura resulta perturbadora. Percibo que el niño se encuentra bajo igual encantamiento.

Vuelvo sobre mis pasos e ingresamos.

Y por segunda vez en este extraordinario día, soy seducida, abducida por los cielorrasos: conforman una sucesión de bóvedas que, en su desojo, se resuelven en una pureza abrumadora, disipándose en ondulaciones de oro y marfil, ausentes de ángeles y otras figuras sacras.

Me acerco con pasmo y reverencia.

Cruzo delante del altar y distingo una urna de cristal. No me atrae observar su interior, pienso eludirla. Pero se anticipa, cerrándome el paso. Me estoy cansando. Entonces, reparo en su pequeñez. Parece que contiene una niña muerta, vestida de blanco. O tal vez, sea una muñeca. O, yo quisiera…

Salgo envuelta en presagios de finitud, precedida por el niño ensimismado. Me encuentro de nuevo en la playa. Camino con ligereza, debo alejarme hacia la Serenidad.

Al rato y ante el sosiego de la distancia ganada, mitigo el andar. Intento olvidar que debo olvidar, aunque algo me lo impide.

Giro sobre mi hombro y lo veo: un caballo de terciopelo azul y arneses rojos; un caballo de juguete que cuelga de su columna de bronce, solitario delante nuestro, a la espera inútil de ser montado. Supongo que abandonó su carrusel. Aunque lo cierto es que no tiene caso, pende en el aire, no reposa en el piso, como si la gravedad le resultara indiferente.

Es de mal gusto, pienso, ese caballo de juguete en medio de la nada… Evoco en ese instante a mi padre, casi puedo tocarlo. Me lo regaló un lejano, borroso y olvidado domingo de agosto. Pero no puedo llevar recuerdos, allá donde voy.

Es tarde, alguien va a partir y la prisa domina ahora mis sentidos.

Sólo queda tiempo para una iglesia. Entro junto con el niño y me dirijo hacia la nave lateral. El silencio es agobiante y apenas se respira. Hay un lecho, blanco y grande, en el que yace Don Bosco. ¡No me explico! Ah, es una escultura… El supuesto don Bosco se incorpora y se transmuta en un paseante más, a quien siguen unos niños.

Obviando el episodio, ingresamos a la nave principal. Una etérea música nos envuelve en dulce trama de clemencia, mientras la luz irisada se insinúa, perfumada de claveles y rosas.

El aroma produce un cambio sutil en el espacio. Empiezo a sospechar de esta realidad, en la que lo único tangible son los interrogantes.

Me inclino hacia mí, me miro y decido despertar. El niño se ha vuelto a dormir. El vendedor de lienzos y el caballo perdurarán en una soledad eterna.

No hay lugares para el encuentro, me digo, convencida de que me han cegado credulidades evocativas.

Entonces sonríes, tocas mi mano. Una ligera brisa nos enlaza.

Entiendo.

No hay espacio ni tiempo para un encuentro que nunca podrá ser consecuencia de sí mismo.

En un ventanal lejano, el viento hace trizas dos copas de cristal.

Atardeceres


A Marcela, Alicia, y a toda la vieja y querida banda del Canottieri Italiani: a Rodo ¡claro! Andrea, Beto, Pocho, Miguelito, Matute, Peri, etc etc. (Si me olvidé de alguien, nadie se ofenda, porfa: son los años...)




 Ah, ¡qué dulce es Noviembre! 
Con danza de flores
la siesta clausura su rito.

Un ceibo rezagado
despide sueños de coral.

Remolonea la tarde
con excusas baladíes.

Del timón la cadencia,
con dedos de lentejuela
desviste ocasos en el bote,
tierno poeta del agua,
duende de maderas,
que no de Oriente.

O que sí.

¡Qué más quisiera yo
que fueran de Oriente,
las maderas!

Mientras, de los remos
el golpeteo acompasado
conforma la única música
que de la isla,
indecisa Afrodita,
atiende el corazón.

Arcos de las remadas,
anagramas de los muelles,
pentagramas inéditos del agua.

Las chicharras anuncian
verano, se replican de sol
en plumajes aéreos,
en sapos y grillos
exasperados de enero,
de cielo violáceo,
de la primera estrella.

Y... del rito, el Río.

El Río, violentado
por prisas y regresos,
por el día en fuga
sombreado de plegarias.

De guitarras libertinas.

En el fuego habrá
ajíes asados,

olor a limón...

Y ese jazmín en mi boca. 

Hacia el final,
justo cuando la luna,
antojadiza de cuartos
menguante o creciente
se entrega a juegos
de escondidas,
espejada de cielo...

Palabras de Amor.

Y de raso, el Silencio.
Silencio rasado, arrasado.

Extraña plenitud de siseos,
de nudosidades vegetales,
de sentidos insomnes.

Silencio apenas hojeado
por duendes que del agua
leen cuentos de ondas
y de viejas zancudas.

Silencio, el de la arenita
que se deja acariciar
sin entregar sus secretos.
O el de las campánulas
de violetas anticuados,
casi plateados
abiertos al éter.

De la luna, obra y magia.

Esa clase de silencio
que acalla los alardes,
exacerba los sentidos,
y descubre,
nocturno y floral,
las caricias que a veces
uno ignora que es capaz
de brindar y recibir.

Y ese jazmín en mi boca...

Ay, ¡qué dulce es Noviembre!

YO SOY LA QUE PASA




El viento nocturno
barre la luz del sol.
La oscuridad me aprisiona
y enmudezco,
reducida a la inclemencia
de estrellas congeladas.

Llevo contadas mil y una noches de hastío.
Mil y una noches de pesadillas.

Me pregunto si el Averno
que se opone al Verbo
ha montado una estafa
premeditada y descomunal.
Si será puñado de escarcha
esa caricia que me arrojó,
vulnerable, a las emboscadas
de la noche que teje el desierto
forzando su presencia.

¿Cómo se desaprende el amor,
bajo la embriaguez de un silencio
que es excusa arbitraria
extendida en la arena?

Mil y una noches de apariciones
y desapariciones esclavizan
los despeñaderos de mi alma.
Siento el despojo infinito
de antiguos juegos de pelota,
mas no percibo el sacrificio.

Elijo precipitarme en la orfandad
de la sabiduría primigenia:
yerro al perseguir un espejismo,
otrora oasis redentor,
que se desvanece airado,
irreconocible, posible,
en la última sombra de la noche.

Así, me desposa el penitente
de un templo provisorio.
Recorro sus aposentos
arrastrando el peso inaudito
de un amor reclamativo:
me vuelvo prisionera
de pausas que lastiman.

Advierto que es fabuladora
la ubicación del cielo y la tierra;
ambos son origen y destino,
causa y consecuencia.

Y yo soy la que pasa.

Acosada por arenas movedizas
me calzo de lágrimas tardías
y retomo el camino al olvido.

Mis huellas son suaves
en el retiro de los arenales.
A la luz de su abanico tricolor
mis pupilas son doradas;
en tres clases de oros
amanecen mis vigilias.

Las hostilidades del mundo
van quedando lejos,
fundidas en ansias de poder,
impaciencia de controles
y ritos de vigilar y castigar.

Mi espíritu agradece el cambio
y la riqueza de lo simple.
Ha venido a mí el reino esperado.
Yo Soy la Madre y el Padre,
atesoro la síntesis perfecta.
Soy el Hijo, el Amigo y el Enemigo.

Me repito y crezco en ellos,
me recreo y renuevo
en la esperanza preñada
de ternura y claridad.

Hoy partiré en busca de mi eco.
Sé que resiste, enfermo,
el maltrato ancestral
de una prisión triangular,
donde los lenguajes no son.

Llevo conmigo la palabra
que revocará su destierro.
La que da razón de sus dichos;
La que es lo que dice,
la que obra en concordancia.

Habré de parirla en soledad, una vez más.

Yo soy la que pasa.




TRANSPARENCIAS




A Sonia Del Papa Ferraro, por la Poesía





En el río, Meditaciones:
de plata, las estrellas,
de esmeraldas, los nenúfares,
de rubíes, los ceibos.

En la isla, Recogimiento:
de azahares, los naranjos,
de plumajes, los sauces,
de ámbar, las miradas.

En los muelles, Seducción.
trémulos los deseos,
perdonables las culpas,
decididas las acciones,
extinguidos los rencores.

De Oriente, las maderas.

Al frente,
jazmines que atardecen.
Lujuria de perfumes,
virginidades imposibles...

Ternuras.

En los copos azucarados,
risas de niños,
seguramente morenos,
que el viento trae,
quien sabe de dónde.

Una repentina lluvia de azules
recrea transparencias.
Impertérrita,
insolente,
póstuma desnudez.

Y en la trastienda crepuscular,
embriagado de Arco Iris,
suave y frutal,
se despliega el Amor.

REENCUENTRO





El tesoro volvió a mis manos,
con la naturalidad de la ola
que regresa al mar.



Antes, yo no sabía nada de amores. Aunque sí de desamores.

Creía firmemente en el amor a primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y siguientes vistas. Todos amores irresueltos, irredentos, irrisorios e imposibles, por ausencia del componente esencial: el amor. Rareza profana, si la hay.

Sucedió que en virtud de mi sapiencia sobre desamores y, con sustento en mi ignorancia acerca de amores, decidí tentar a un Cupido en el cual, paradójicamente, jamás creí. Así, por causa de esa insensata variación, él se quedó llorando en una esquina del mundo.

Y yo, me sentí una bestia antediluviana.

Me retiré entonces a escribir en hojas de agua al sólo amparo de una lluvia azul eléctrica, sin saber que, en verdad, estaba dibujando en medio de una tempestad cósmica.


Y si bien es mucha torpeza dibujar en el convencimiento de que se está escribiendo, en ese singular y borrascoso yerro resultó que te fui diseñando o escribiendo, o creando. O… convocando.

Ya situada en la transparencia nocturna que rige los puntos cardinales, por encima de la serpentina que ciñe el Ecuador y muy lejos del mar, encontré mi espejo, casi de casualidad. Detrás de pesados cortinados y guardado por portones colosales; bajo una bóveda estrellada de ángeles plateados, reconocí de inmediato el querido resplandor.

Ése, que alguna vez fue mío.

Tanto, que no supe distinguir si él me condujo hacia su reflejo o si yo lo dibujé primero, cuando escribía sobre la línea de luz que habilita tu mirada.

Lo cierto es que allá, en el cosmos de los tiempos, justo en la abertura que se produce ante la ausencia de certezas, hay un lugar deshabitado de insomnios seculares donde perseveraba el tesoro que volvió a mí, tal como la ola se regresa al mar.

Y que, por obra y gracia de deidades milenarias, me fue develado en la fortaleza indeclinable de tu abrazo.

ECOS

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ECOS

Las letras son, por estas horas,
fatigados ecos
de tiempos cancelados.

Es tarde y el frío,
estepario,
remite al infinito.

El firmamento yace,
absorto y demudado,
en el regazo de siglos,
traiciones y derrames.

Glacial, se abre paso
El Invierno.
Con redobladas náuseas
abate soledades
e incapaz de clemencia,

infecundo,

violenta el cristal umbrío
de la noche.

En su cuarto menguante,
agónica,
ausente de luz propia,
Ella espera...

Se nutre de ferocidades.

Y así,
ávida de finales,
en su desnudez de alabastro,
lo desposa en silencio.

Anhelante, tal vez,
de aquella escarcha...

El frío,
estepario,
remite al infinito.

A ROCCO



Cajita de Joyas (NGC4755): Se denomina así a un conjunto de estrellas situado en la constelación de la Cruz del Sur. Se trata de unos pocos centenares de estrellas que se han formado a partir de una gran concentración de gas y polvo molecular presentes en el plano de nuestra galaxia. De esto se desprende que todas las estrellas que forman a este sistema estelar, y que los astrofísicos denominan cúmulo abierto o también cúmulo galáctico, tienen prácticamente la misma edad. Debido a las diferentes temperaturas que cada una de sus estrellas posee en su superficie, este cúmulo posee una gran variedad de colores y brillos lo que justifica su denominación de Cajita de Joyas.


************************************

A ROCCO

Quería escribirte y depositar la carta adentro de la Cajita de Joyas.

Pero pasa que no te escribo, porque se ha negado a razonar mi corazón y a sentir mi entendimiento. Debo admitir que me rebela esta inversa huelga arbitraria de los sentidos y la razón.

Ni siquiera son obedientes los dedos en su recorrido por las teclas. Esas teclas donde florecían versos coloridos, menos o más felices según el destinatario y la causa, hoy son negros escalones hacia el subsuelo olvidado, donde guardo los trastos en desuso —pero que tampoco tiro, por las dudas de uso—, y me encuentro allí por involuntario impulso decidido de las teclas, las negras, sin letras.

No sé bien dónde empezar a buscarte. Comprendo que es una exploración inútil. Pero para esta clase de pesquisa, no se valen las iglesias ni los campo santos.

Tampoco las pirámides: sólo para faraones y algunos ilustres egipcios.

Pero tú, de Egipto, nada. Y yo, de Egipto, todo. Porque te encuentro allí donde descansan, olvidados, tus dioses cotidianos.

Ahora estás sentado, callado y sensitivo, somnoliento y abordable por cualquier caricia que te retaceo, de apurada, de la prisa que no es risa, y que es injusta —la prisa— en tanto me empuja a escena. Y por la cena, el quehacer, el hacer qué y la reunión, resulta que endoso la unión del presente en favor de beneficiarios abusivos. Así, voy ganando intereses que no me interesan, no deben, pero resulta que de no deber, me dejan débitos y hábitos malogrados, porque no estás, y cuando estabas, no te acaricié lo suficiente, no te cuidé lo necesario. Si yo te quería, ¿cómo no te aseguré contra el mundo?

Esta noche me aguardan tus deidades en la oscuridad, aunque descreo que la luz las disipe. Hay dioses que han practicado por siglos la resistencia; y sé, por acción y reacción, que mañana estarás jugando a los bolos con ellos en la montaña. Para cuando regreses —tal la leyenda— en vez de minutos habrán sido años los del medio. Ya conoces del tiempo, su fama de invento necesario para ordenar deberes y derechos; es sabido y notoriamente manifiesto que no se ha probado su presencia. Su falta, en cambio, es ostensible. Crúzate al planeta siguiente y lo verás claro. La muerte de los calendarios no es tal: nunca existieron, salvo a la luz de las sombras que nos entrega, compasivo, el aburrido impuesto confiscatorio de encasillarlo todo.

Si aún estás por acá —y lo estás, porque me duele— quédate y abjura del espacio, es simple utilería que explota el narcisismo de la materia (no debí decir “aún”).

Aún —¡ay, Aún!— eres mascarada incierta del tiempo, producto del sofisma colectivo, sostenido y milenario que nos entregara Constantino, junto con el yelmo y la cruz.

Si estás, demoleré también la estafa del Hades.

Prefiero los jardines de Babilonia, la locura de Pompeya, el hemiciclo de Plauto, la miel y la cerveza de Homero, a tener que inclinarme en altares fraudulentos, sólo porque se te ocurrió irte al mediodía, y porque yo ignoro qué clase de triángulo se honró con tu llegada.

Pero he abolido el tiempo y vuelto por defecto esencial. Devuelto el efecto inicial, nunca te has ido.

Igual extraño, entonces, tu ausencia, porque este tipo de presencia me duele. Y eres nueva excusa de teclas, ya sombrías y de lágrimas nubladas.

ÁNGELUS



Es la hora del Ángelus. Y pienso si acaso es también la hora de los muertos.

Salgo al patio escapando de tales pensamientos. Paso delante del ángel que custodia el acceso; lo noto abatido pero no me detengo. Me paseo por las lajas verdinegras salpicadas de luz, desando los caminos de improvisados asteriscos vegetales, y… pienso.

Volteo hacia el alcanfor, poderoso señor cuya estafa ha prescripto por la fuerza de los años, a quien agradezco que me haya permitido vivir con él. Me desvío luego hacia las flores —esas tramposas— siempre amenazando con la toma de la casa... Debo reforzar mi defensa contra las flores, considero, mientras con descaro ríen las atrevidas, alineadas bajo las alas del ángel.

El vuelo adverso de un petirrojo inhibe la impertinencia de las sombras, para luego sucumbir en el filo de un horizonte estanco.

Apenas sonrío, regida por el sombrío eje de un equilibrio en fuga.

Y desespero.

Vuelvo la mirada hacia la Enamorada del Muro. Ella es vivo testimonio de que no hay nada más obstinado que el amor. Se ha trepado por el muro, lo rodea sin ahogarlo e incluso, seca sus lágrimas cuando la lluvia arremete contra la piedra, impávida amante de una planta que sólo sabe de abrazos.

Y pienso.

Me tumbo en la hamaca de red y trato de evaluar el enfrentamiento que me proponen los tres reinos. Ni por broma tengo oportunidad. El Jazmín del Aire se precipita en lluvia de azahares recién llegados al verano. La Corola de Novia oscila, eximida de amores. Mientras, los Pensamientos claudican desbaratados entre violetas y azules subterráneos, ante los espectros del crepúsculo incipiente.

Necesito alejarme de la hamaca. No confío en sus vaivenes, se me antojan infernales. Lúdicos, pero infernales. Me encuentro en pugna con mastines adiestrados en el averno.

En tanto, se ha presentado la estrella vespertina.

Es la hora Undécima.

Giro —descolorida— hacia el sauce llorón y saturo mis cuencos oculares con lágrimas de clorofila y sangre; lágrimas especiales para ángeles en crisis, prestadas de confesionarios barrocos y de altares sublevados: son lágrimas vencidas. Sin embargo me urge retenerlas, porque hay más tesoros ocultos en este sauce que llora maderos de cruces, que en los besos que habitan las páginas del olvido.

Y pienso.

Y recuerdo.

Te veo, Venus. Eras niña; eras almohadita de caramelo y sendero de lunas multiplicadas por el antojo de tu risa, por el embrujo de tus ojos verdes como el mirto salvaje —ah, eras Agua de Ángel— y por tus mejillas sonrosadas, como el vino griego que promete y desespera. Y hoy, que estás perdida en el espanto del ayer, yo soy un inútil montón de plumas acrisoladas que llora su fracaso. ¿Qué cosas se me escaparon? ¿Qué fue lo que no vi...? ¿Qué no sentí, no percibí, en todos estos años? Si perdí tantas batallas contra las flores, ¿qué puedo esperar de nuestro mutuo, doloroso enfrentamiento?

No me da la gana detener los pensamientos. Son entidades subversivas, pero fútiles y efímeras, tanto como yo. No advierto peligro de excedencia.

¿Fue un martes o fue en Marte? Descorro el velo de un tiempo adulterado y me asalta la traición de un Descorazonador extraño y silencioso, portador de herrumbres y cenizas de miserias acaso kármicas, acaso volcánicas, de las que se sirvió para eclipsar tu aura. ¿Cómo se supone que reordene el cosmos de mi costado izquierdo, con las alas rotas y contigo reformulada en planeta desaurado?

Trato de recordar; de reordenar mis coordenadas temporales, espaciales, circunstanciales, en medio de una súbita, pretérita tempestad de flores rojas. Pero no puedo. Un espeso reguero de pétalos se escurre copiosamente por los dedos de mis pies vaciándome el cuerpo, dejándolo expugnable, dolorido de flores.

De pronto estoy de duelo. De duelo rojo.

Yo creí saber lo justo y necesario para este momento. Pero estoy aquí, trenzada en un debate con las flores —¡mis flores!—, mientras descubro con estupor que, ni justa ni necesaria, la venda de la ignorancia nunca se dejó caer de mis ojos. Mi mirada se fue acostumbrando a la penumbra. Como hoy.

Están llamando al Ángelus.

Es demasiado tarde y estoy mortalmente cansada.

Quisiera yo acostarme en un intervalo de silencio infinito, dejando atrás toda discusión semántica acerca de la finitud de los intervalos.

Pero estoy atrapada en claustros repudiados. Cuelgo involuntaria del trapecio aciago del pasado y, menguante e ingrávida, me desplomo en profundidades de aguas malditas, sacrificadoras de rayos de sol recién expulsados de tu edén, ahora esclavizado bajo la hegemonía de una oscuridad artera y ominosa.

Apenas desespero.

Tal vez deba entender que ya no estoy en el mundo de los vivos. Pero tampoco en el de los muertos. Es posible que exista otro espacio, no necesariamente intermedio, donde el alma mutilada se excluya en fosas angulares, cavadas por infortunios mercenarios, inclementes, perversos. Especulo con encontrar allí a tu Descorazonador. Entonces en un solo, económico y calculado movimiento de lo que quede de mí, lo asaltaré en la noche infausta de sepulturas en espera y con una mano florecida de espinos lo ahogaré en su propia lava.

Recuperaré tu aura; once rosas que me entregará la hora Undécima, un instante antes que el silencio definitivo invalide mi tumba.

Están llamando al Ángelus.

Los velos del pasado se agitan y se agigantan desvelados, más no develados.

Sólo atino a mirarte por última vez, antes de ser alcanzada por una fuerza poderosa que tira de mis hombros hacia atrás. Trastabillo y caigo sobre tramas de ferocidades ambiguas que se rasgan, brutales, dejando tu aura al descubierto.

No comprendo; la tempestad debía transitar el otro extremo de los tiempos.

De pronto alcanzo a ver cómo el Descorazonador se aleja, descompuesto en un torbellino infame que, hábil, se traga un áureo atardecer.

Me acomodo entonces en un atisbo de esperanza...

Advierto con sorpresa que Marte ha estado presente todo el tiempo, desvelado. Aunque ahora, develado, inexplicable, te llama “hermana”.

Yo lloro. Y me agito. Tengo que saber porqué debiste pasar por esto…

Súbitamente, se me revoca la excelencia. Me reanudo vulnerable, errante, errónea.
"Ella debe vibrar en once”, anunció el ángel, mientras cosía con hilos de olvido sus alas quebradas.

—Dime, Venus ¿dónde estaba yo por aquel entonces?

—Pues... allí mismo, a escasos metros o centímetros. Pero me dabas la espalda —. Reprochó entre llantos, igual que el sauce, aunque con lágrimas propias.

—¡No a ti, Venus, sino al Descorazonador! —alcanzó a gritar el ángel, antes de transformarse en piedra; en una regia escultura de piedra con las alas caídas y una sola lágrima suspendida entre el cielo y la tierra, abrazado a la pesadilla de su derrota.

Es la hora del Ángelus. Y pienso si acaso, pasada la Anunciación, es también la hora de los muertos.



LA FIESTA


Automedicación
Generalmente me automedico con cierto grado de eficacia, para espanto de mis amistades. Esas que, no obstante, no dudan en agarrar el teléfono llegado el caso.

-Me duele una muela ¿Qué puedo tomar?
-Sinálgico Ketorolac.
-Gracias.

Pero los resultados no fueron los mismos cuando me automediqué el casamiento. Tal vez por eso de que “el que sabe, sabe, y el que no, es jefe”. Yo fui ambas cosas, a un tiempo y en el mismo espacio, haciendo caso omiso de todo preaviso expreso, tácito o subrepticio. Allá fui, colgada de una ilusión ilusa, a todas luces carente de luz, por lo que las secuelas negativas, caídas y recaídas acontecidas en la fiesta, son de mi entera irresponsabilidad.

Ya en el atrio de la iglesia, durante las salutaciones post ceremonia se respiraba un tufillo de rara dinámica, como de anarquía inminente; claro que el interesado suele ser el último en advertirlo. Es así, no hay peor ciego que el que no quiere ver.

El Fotógrafo
El fotógrafo, hallazgo mío, era un tipo liberado de atavismos. Filmaba y sacaba fotos a lo pavo, contorsionándose exaltado y risueño. Fotos para las que yo sonreía, tiraba besitos, hacía mohines de vestal griega liberada de sus votos, mostraba la rodilla, ora Cenicienta, ora... vedette. No es que estuviera posando para dichas tomas, no. El tipo había especificado que “su estilo” consistía en atrapar imágenes espontáneas, “mucho más expresivas que las fotos tradicionales en puentes, parques, fuentes de agua y toda esa gilada”. Jorge y yo no pusimos objeciones; nos pareció bien. Nosotros también queríamos marcar la diferencia. Nada de convencionalismos. Se me hizo, ¡y cómo! La persona más fotografiada y filmada, ya sea sola, conmigo o con los invitados, fue… ¡el novio! El fotógrafo quedó prendado de mi consorte, parece.

Cuando fui a retirar –ilusionadísima- las muestras de rigor; en todas aparecía el novio en primer plano. Canchero, tirando besitos, bailando, bebiendo tragos onda lord inglés, haciendo gárgaras, recreándose en gestos recios tipo “duro de matar” ¡todo un macho pistola! ¿La novia? Bien, gracias. Cuando aparecía, era de espaldas. Es cierto que el modelito griego lucía atrevido escote en la espalda hasta la cintura y un poquito más… abajo. Pero no tanto. Así que, salvo que el fotógrafo estuviera prendado de mi espalda, lo cual lo hubiera colocado en la peor situación de colegir que me veía mejor de atrás que de frente, sólo quedó como conclusión que la suscripta contrató un profesional que se prendó del novio. Estoy de acuerdo, a mí también me podía el novio, pero de eso a… ser la sombra en las fotos, náaaa. 

Sin embargo, así fue nomás. Hasta por la ventanilla del infatigable Torino azul de mi tío asomaba en riguroso primer plano la alegre cara de Jorge. ¡Ah!, y mi mano en su hombro con la alianza. Sí. Algo es algo.

El Gran Vals
Pasado el primer round de fotos, junto con los bocadillos llegaron los vinos, tragos y demás bebidas multicolores, según la graduación… amatista, ambarina y blanca y radiante. Entre mis amigos y familia, como abstemio no se registraba ninguno. 

Los de la contraparte –por lo que pudo advertirse- tampoco contaban esos ejemplares en sus filas. O capaz disimularon de puro educados. Como sea, nadie se abstuvo de libaciones. Por lo tanto, entre trago y trago se armó el bailongo. 

Mi tío –el padrino- y yo, inauguramos la sesión danzante con los primeros compases de “Cuentos del bosque de Viena”; por unos minutos fuimos Sissí y el Emperador... que en cuanto pudo me entregó a los brazos del primer candidato conforme la tradición, para sumergirse raudamente en el toilette. Al rato emergió renovado y perfumado cual un bosque de Viena andante. 

Establecido su radio de acecho contra el dressoir estilo gótico de mi difunta tía, se concentró en el estudio de cada pollera, con la mirada felina semioculta en un gesto cuidadosamente negligente, mientras sus manos jugaban distraídas con la copa de vino. ¡Ay, yo conocía de memoria esa postura! No presagiaba nada bueno… ¿dónde diablos se habría metido Claudia?

Pasados el Danubio Azul y el Vals de las Flores así como varios tragos por su garganta, mi tío se encontraba en su punto justo, al dente, cuando apareció Claudia toda chispeante, enfundada en su indiscreto traje rojo, insinuándosele con total malicia.

Una leve sombra de pánico cruzó el semblante de Mauro, neutralizada enseguida por un largo trago de vino. Todo un caballero aún en la traición, devolvió una inocente sonrisa a su novia, y lentamente… fue girando su postura hasta quedar distante y de espaldas a ella, que por más que lo seguía como las agujas de un reloj se siguen, ella llevaba la de la hora, contra la del minutero de él. Era un esfuerzo inútil, muy bien lo sabía yo. Mauro ya estaba en otra, y bien concretamente. Olvidándose de su pareja, amnesia que todavía le sobreviene sin aviso previo cada vez que se le cruza alguna cabeza femenina rubia –auténtica, teñida, oxigenada o pasada por manzanilla-, se lanzó en picada como un albatros hambriento (debe ser una malformación profesional de su entrenamiento en la aeronáutica) sobre una amiga mía que quedó fascinada con el aterrizaje.

En una fracción de segundo instaló entre él y Claudia dos salones y un recibidor.

Los compases de Strauss abandonaron la escena y Claudia, cada vez más cerca de alcanzar el título de ex novia, también. Luego de una mueca que presagiaba una tormenta perfecta, pidió que le abrieran con el portero electrónico, ya que bajaría a comprar cigarrillos. Varias invitadas se ofrecieron a prestarle el servicio encantadas; entre ellas, dos enfermeras que enfermaban de falsa rosácea cada vez que se cruzaban con mi tío.

Kitty
Mi tía Kitty era una dama entrada en añísimos que dedicó gran parte de su vida a dar testimonio de la sangre aristocrática que corría por sus venas, consecuencia del linaje heredado de nuestros ancestros.

En consonancia con dicho convencimiento y ayudada por su figura, vestía cual miembro relevante de alguna ignota monarquía en extinción. Alta, delgadísima, de labios finos, nariz aguileña y mirada frontal y altiva, circulaba por la vida con su boquilla, abrigo de pieles y glamour un tanto rancios, envuelta en un dejo de altanería y desdén hacia el resto del mundo. Aún así, quienes la trataban no podían dejar de advertir el gran corazón que se escondía bajo esa fachada de arrogancia.

Mi primo –su sobrino-, no era precisamente una muestra de esa genealogía. Con su simpleza y mínimo cociente intelectual, se las arreglaba para pasarla bien a costa del descrédito consiguiente para el presunto abolengo de la familia.

Gonzalo fue, y es en este sentido, un individuo práctico y de pensamiento unívocamente lateral; no por despierto, sino por su opuesto. En esta idea, ante síntomas de sueño se hecha donde lo sorprende el cansancio o donde descubre una cama, un sofá, o cualquier mueble similar. Con la comida sigue igual procedimiento. Come cuando tiene hambre o cuando avizora un alimento a su alcance.

Aunque casi siempre tiene hambre y sueño.

Ergo, en la fiesta se abocó a revolotear de un plato al otro como un enajenado, aspirando cual termita todo comestible que encontraba, sin respetar las titularidades de los comensales. Detrás de él, en la cima de unos intimidantes tacones de charol y semi oculta bajo su infatigable sombrero estilo reina de Inglaterra, Kitty trotaba indignada pegándole en la mano con el abanico que sostenían sus dedos nudosos, atiborrados de anillos enormes. 

A mi primo le dolía. Pero, bajo el dominio de su razonamiento eminentemente tangencial, el dolor era lo de menos. No dejó de manotear cuanto recipiente con signos de comida encontró en su cruzada manducatoria.

El empezóse
El empezóse del acabóse tuvo lugar cuando Claudia -ya de regreso- tocó el timbre para que le abrieran la puerta de calle.

Nadie se hizo cargo.

Más fuerte sonó el timbre. Nada.

Y allí quedó, en la acera de tan distinguido edificio con frío, impaciencia creciente, indignación y una rabia… Una rabia… simultánea a los timbrazos que se repetían sin cesar, que no sé si a causa de la música, o por algún pacto telepático mancomunado, generó una pícara indiferencia general.

Hasta que desde el sexto piso donde estábamos se oyó un claro, terrible y feroz grito de guerra proveniente de la planta baja: “¡Abrí, impotente! ¡Sos un impotente!”

Siguió una pausa que no anticipaba más que horribles preparativos.

-Abrime, milico de mierdaaaa.

El balcón se convirtió en un palco improvisado repleto de cabezas encimadas mirando hacia abajo.

-¿Ah, no querés abrir? Pagame entonces. Pagá, que es lo único que sabés hacer.

Alguien le arrojó un pedazo de soufflé con kepchup.

-¡Abrí, cornudooo! -aullaba Claudia, con el dedo apuntando al sexto piso.

-¡Por la Virgen de la Medalla Milagrosa, que escena tan desagradable y ordinaria! –comentaba Kitty, frunciendo los labios con asco.

Es que el sonido, igual que el calor, sube.

No sé si aclaré que mi tío es sordo; todo lo sordo que lo requieran las circunstancias del momento. En este caso, fue muy sordo. Pasado el primer momento de sorpresa, se hizo el desentendido y encabezó un trencito tendiente al desalojo del balcón indiscreto. Al rato bailaba como un adolescente de dieciocho con cuanta rubia se le cruzaba -y se le cruzaron todas-, incluso las morenas, a las que les alababa los ojos claros. Pero no había morenas de ojos claros en mi casamiento, salvo… no importa.

El fotógrafo estaba enloquecido, embriagado de arte y de vino brincaba arrebolado, sólo o con compañía, mientras la cámara descansaba en un silloncito Luis XVI. La madre de Jorge, espantada, se refugió en la cocina, detrás de una botella de sidra “Manzana Verde”. 

Mis amigos y los parientes de la contraparte estaban pendientes del culebrón; nadie oprimía el botón del portero eléctrico entusiasmados con los distintos tonos y letras de las lamentaciones acusadoras de una Claudia al rojo vivo, que reptaban hacia el sexto piso como cornetas de campaña. 

Alguien comparó sus gritos desde la vereda con una serenata innovadora. Hay gente mala, ¡sí, señor!

Finalmente un alma anónima, caritativa o sibilina, le abrió.

Claudia hizo su entrada hecha una hiena enfundada en su traje que ya era rojo sangre, los ojos inyectados en ídem, los pelos revueltos, la camisa negra desabrochada justo hasta donde podría permitirse con cierta licencia… y un dedo. Un dedo en alto, afilado y acusador apuntando derecho al ojo izquierdo de mi tío, que habría ido directo como un misil a enterrarse en el mismo, si aquel, con sorprendente plasticidad, no la hubiera detenido tomándola de la muñeca.

-¿Qué te pasa changuita? ¡Ay, te sentís, mal! Vamos, que te llevo -susurró broncamente, con una sonrisa a lo Capone. Y la cargó literalmente, desapareciendo por la puerta del recibidor, no sin antes guiñarle un ojo a una de las enfermeras con un gesto cómplice, tipo “ya vengo, no te vayas”.

El estupor generalizado degeneró en un silencio infame, interrumpido –gracias a Dios- por el fotógrafo, que en estado de total ebriedad, tiraba fotos en cascada sobre mi esposo. Que no se enteró, ensimismado como estaba, a su vez, en una improvisada fiesta de la Vendimia.

Una vez agotado el cateo, Jorge -entonado por los efluvios de Dionisio y los entremeses anteriores-, no tuvo mejor idea que trenzarse con todos mis compañeros de baile, acusándolos de querer seducirme, incluido mi primo al que no reconoció, quien alarmado, corrió a refugiarse debajo del sombrero de Kitty.

-Ay, yo le dije a ella que no se casara tan pronto. Mirá, mirá como muestra la hilacha… Resultó un loquito ¿Viste? Era como yo decía, nomás -farfullaba Kitty a quien quisiera escucharla.

Alguien le contestó que no, que Jorge sólo estaba pasado de rosca, que los nervios producían esos efectos desagradables en el comportamiento de las personas.

Mientras, un marido ajeno que gateaba buscando sus anteojos perdidos entre las piernas forradas en seda de Kitty, chilló:

-A esa vieja que se cree la marquesa del zoo, háganla callar que me desconcentra, ¡por favor!

Y Kitty escuchó. Porque si algo tenía Kitty bien aceitado, era el oído de tísica. Y, como esa noche, a sus setenta años había tomado más de setenta veces siete, reaccionó… descargando una siniestra mirada de desprecio infinito sobre el infeliz que, sorprendido, la observaba desde el piso como un can de casa, asomado entre sus rodillas tapizadas en sedas de Dior.

Muy despacio, sin dejar de fulminar a su víctima con la mirada -al tiempo que estremecía sus hombros con elegancia-, Kitty metió una mano de porcelana en su bolso de Prune...

Los invitados cercanos a ella retrocedieron unos centímetros, conteniendo la respiración.

Aparentemente ajena al interés que había despertado, Kitty retiró de la cartera su puño derecho cerrado, exacerbando la expectativa de los testigos. Con gran parsimonia, y para la sorpresa de aquéllos, de la palma de sus manos brotaron unas originalísimas castañuelas traídas de su reciente viaje a la tierra flamenca. Con inesperada gracia Kitty tomó de la correa, digo, de la corbata, al señor de las gafas perdidas conduciéndolo en la lamentable postura de cuatro patas hacia el cuadrilátero danzón, obligándolo a rendirse al son de “Soltera pa toa la vida". Que ella misma se encargó de cantar. Lástima que se superponía con los acordes de My Way. Pero una confusión la tiene cualquiera.

En eso, volvió mi tío con un par de rasguños en la cara, el pelo tirado para adelante, el ojo izquierdo medio cerrado, unos feroces chupones en el cuello dignos de vampiros con más varias y bárbaras huellas de rouge en la cara: Claudia lo había devuelto con el terreno demarcado. Él no le dio la menor importancia. Bailó, brincó y sedujo hasta a los jarrones que quedaron resecos, aclaro. Ni el agua de los floreros se salvó.

Fideo Fino 
Con la complicidad de tanto salto sorpresivo, una espesa nube cargada de confusión y finísimos vapores etílicos se había adueñado del ambiente. 

La gente se divertía como loca.

Mi futuro ex esposo contribuyó a la sobrecarga ambiental en forma instantánea: agarró de la mano a mi tío -que se entregaba ya casi a cualquier payasada- y cruzando ambos sus brazos entrelazados brincaron Fideo Fino, cantando a viva voz “dos elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían qué resistían, fueron a buscar otro elefante”. Al toque, sacaban a bailar -es un decir- a cualquiera de entre los presentes sobrevivientes.

Yo me reía (no sé de qué).

Le doleur exquise me recordó que necesitaba cambiarme los zapatos. Pero tuve inconvenientes. La puerta de uno de los dormitorios me fue cerrada en la cara. "¿Podrá ser posible lo que estoy pensando?", me extrañé, escandalizada. Tomé distancia asegurándome de la ausencia de testigos involuntarios y arremetí contra la puerta de una feroz y efectiva patada. Se abrió: mi primo, rodeado de helado y bocados, había reposado sentado contra la puerta abstraído totalmente en la exhibición de Superman II. Y así siguió cuando quedó sobre la TV.

Abandoné los zapatos a su propio azar, pedí perdón a mi primo que ni me escuchó, y me fui dispuesta a acabar con aquella fiesta desmadrada.

El gran salón comedor era para entonces un enorme saloon del Oeste en el que un número incierto de varones desaforados, de todas las edades y profesiones de bien, hacían Fideo Fino, entonando “veinte elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña, como veían que resistían fueron a buscar otro elefante”.

El fotógrafo era la estrella de la noche. Practicaba algo así como capoeira en en centro de los bailarines del Fideo Fino… ¡bah! se había agachado, no podía levantarse y algún solidario le colocó una botella para que hiciera el baile ídem. Lo hizo.

El brindis
Yo fui corriendo a buscar la torta para atemperar el dislate. Justo cuando la partíamos –mano sobre mano- “uno para ambos y ambos para mí” nos juramos mentirosamente Jorge y yo, irrumpió una insólita Claudia en jeans y sandalias, con el rimel corrido y muy desbocada, gritando que "ese impotente" no iba a desalojarla así nomás de “su” fiesta de casamiento.

Sobrevino un incómodo silencio.

El cántico masculino se interrumpió cuando ya andaba por los sesenta elefantes, mientras algunos bailarines azorados eran ayudados por sus esposas a levantarse del piso.

Fue un momento sacrosanto, diríase, por la armonía que imperó, leve y fugitiva.

De pronto y al unísono, el movimiento se reanudó en una uniforme y tumultuosa carrera hacia el guardarropas. Algunas personas empezaron a despedirse diciendo que al otro día viajaban, otras que al otro día… partían de viaje… ¡todos viajaban! Incluso el fotógrafo.

El acabóse
En la confusión, mi tío no pudo esquivar a Claudia y fueron a dar al fondo de un mullido sillón, con tan mala suerte que quedaron boca contra boca y ya ninguno de ambos se acordó quién empezó qué cosa.

La enfermera se despidió dedicándole una mirada resentida. Sus últimas palabras, antes de irse a “terapia, hoy me toca”, fueron que Mauro era "un típico militar de cuarta".

Mientras, la vecina del séptimo cansada de golpear la puerta, nos avisaba a través del balcón que ya había llamado a la policía a causa del griterío.

Aunque creo que dijo “puterío”. No sé, la verdad.

Jorge y yo nos miramos, agarramos los zapatos y en puntas de pie, abandonamos el campo de guerra.

Baile de disfraces
Como las llaves del auto las tenía mi tío, que estaba perdido en los brazos, piernas y uñas de Claudia, nos paramos en la esquina del Jardín Zoológico a las 4 AM, esperando un taxi salvador.

No sólo ninguno se detuvo. Un par que amagó hacerlo, después de mirarnos curiosamente, viró sin volver la marcha atrás.

Hasta que uno medio achispado se apiadó.

Durante el viaje imperó un silencio sepulcral.

No obstante, intrigadísimo por nuestro aspecto, el chofer no nos quitaba la vista de encima por el espejo retrovisor. A mitad de camino no pudo más con la curiosidad.

-¿Y chicos, estuvo bueno el baile de disfraces? No sabía que el Zoo abría de noche. ¿O fue en el Botánico? ¡Qué buena iniciativa, la de esta intendencia! Los voy a volver a votar.

EJERCICIO INAPELABLE DE LA NO NIÑEZ



Ejercicio inapelable de la No Niñez


A mi Padre

Cuando confiaba en el mundo como un lugar seguro, y el río se derramaba en poesía, era una niña.

Cuando las Bagatelles de Beethoven, ausentes de peajes hostiles, me tendían alfombras mágicas plagadas de secretos, era dueña de certezas fabulosas.

Fueron épocas de reinventar juegos en barcos sometidos a eternos remiendos, de precipitarse por arenales indispensables para alcanzar los botes cargados de flores ¡y tal precipitación implicaba la gloria!, así como de abordajes a las balsas —invariablemente atestadas de camalotes y nenúfares—, con reticencia a desalojo alguno.

También era una niña cuando amaba sin reparos las hermosas manos de mi padre en mi cara y, al mismo tiempo, recelaba sus libros en mis planes.

Cuando resistía en silencio, como a un odiado rival invencible, “su” concierto para piano en Do Menor de Sergei Rachmaninoff, mientras con sus ojos en los míos me hablaba de historia, perdido en algún siglo allá a lo lejos en el monte Olimpo, entre pensadores precoces e ilotas imprescindibles, yo era una insurgente asilada en el Oráculo de Delfos.

Cuando mi padre llegaba contento trayéndome un trueno que a la distancia rodaba su peñón * en una tormenta de Lugones, el reposo en una rima de Becquer, o tres filósofos estoicos encorsetados en tomos de cuero —todos involucrados en su política acerca de lo relativo de lo absoluto—, yo era una aprendiza contrariada.

Cuando me impulsaba a escalar los cerros más allá del azul en busca del legendario ojo de agua oculto en la montaña, como si de encontrar la bolsa de monedas de oro al extremo del Arco Iris se tratara, yo era una desertora frustrada en abierta y airada rebelión.

Mas tal rebelión resultaba lastimosamente manipulada por:

—La abrupta fuga de la tarde.
—El cerro invencible.
—El complot encendido de las luciérnagas.
—Las estrellas de pompa irreverente.
—El acecho enardecido de grillos, sapos y chicharras.
—Las tijeras sorpresivas de la luna.
—La lluvia impertinente.
—Y... la noche, claro.

Bajo tales encantamientos dominando nuestra épica travesía, yo era una niña muy preocupada por mantener un enojo necesario, irresponsablemente devenido en hechizo irresistible.

Para cuando mi padre defendía las propiedades del inofensivo berro atrapado en las caídas de agua y nos trenzábamos de inmediato en discusiones bizantinas, así como cuando yo no entendía qué hacíamos persiguiendo cascadas improvisadas a fuerza del narcisismo desafiante de los cerros, era en verdad una niña fragmentada.

Cuando pude zafar de todo esto, todavía era una niñita.

Desde entonces, todos los días festejo mi No Niñez. Como Alicia en la loca ceremonia del té, con su No Cumpleaños.

Ahora, por lógica consecuencia del paso del tiempo, ese médico y juez inexorable, puedo escoger y albergo para mí el libre albedrío.

Dispongo pues de mantenerme cuerda, de enloquecer, de ver pero no mirar, de oír pero no escuchar, de estar pero no participar, de irme, de quedarme, de hablar, de callarme, de reclamar, de testimoniar o presidir, de acusar y de absolver, desde el mirador indulgente de mi alma.

Pero no es tan fácil.

Principalmente, porque vengo muy ocupada en celebrar cada día mi No Niñez, lo cual me consume casi toda la energía, por resultar mi No Niñez un hecho irrebatible. Se trata, por ende, de una fiesta un poco aburrida, por reiterada.

El ejercicio constante de la No Niñez es agobiante en realidad.

Si bien tengo piedra libre para decidir lo que se me ocurra, la relatividad de tal libertad no me resulta ignorada; es decir ¡vamos!, puedo pronunciarme por el temperamento de vida que mejor me quepa; no estoy obligada a ese pasado de música clásica, poesía y cerros azules repletos de albahaca y laureles. No. Soy libre de renegar de todo aquello y disponer por lo menos mi futuro inmediatísimo: decido qué comer, qué escuchar, qué ponerme, adónde dirigirme, o porqué seducir o dejarme seducir.

Sí, claro, por supuesto que es posible, que se puede. Todo se puede.

Y todo tiene un precio.

Pero, como es comprensible, en la patria de la No Niñez se complica el atlas de la libertad, cuando se trata de decidir los precios a pagar.

Sé de permanecer o salirme de un cuento de Grimm. Sé de colocarme en tránsito Omm hasta ver qué pasa.

Lo que me está vedado en mi No Niñez es detenerme; me encuentro imposibilitada de abjurar del tiempo.

En realidad, apenas elijo qué no debo hacer.

Así, durante mi No Niñez he pagado algunos precios: entregué las bagatelas de piano porque después de todo, mucho tiempo no tengo. Aunque las muy obstinadas siguen tocando al oído de mi alma.

Con relación a la arena, simplemente no es compatible con el ritmo citadino. Aunque mi otro yo cambiaría cualquier cosa con tal de establecerse en alguna playa olvidada frente a un mar adolescente, sólo sometida a la vigilancia del cielo azul.

El río sigue allá lejos con sus barcos en lista de espera para reparaciones que tal vez nunca lleguen. Pero aún así, quisiera volver a visitarlos. Los camalotes son bastante complicados e imprevistos como los amores de la isla, así que fueron embestidos por las rutilantes piscinas con hidromasaje y los spa artificiales.

La montaña azul y el ojo de agua escondido resultaron aptos para treking y ya están en los circuitos de turismo new age, convenientemente maquillados: el ojo de agua fue sujeto pasivo de diseñadores enfrentados y la montaña cedió sus azules lloviznas a cuidadores importados.

La albahaca se mudó a granjas que cotizan en bolsa; igual que el berro, ese ahijado anónimo del solitario mecenazgo de mi padre.

Los laureles, el olor a tomillo y el primer rocío en el cerro conforman, al fin, una conjetura para periféricos y limítrofes sociales que buscan la piedra filosofal envueltos en una nube mística y milenaria. No es mi caso.

Rachmaninoff se transformó sin embargo en un refugio inesperado. Las manos de mi padre en los libros se me antojan milagrosas, aunque seguramente es un episodio momentáneo...

Aunque si hay algo concluyente, es la presencia decidida de tres genios: Aristóteles, Séneca y Diógenes, que se sacan la lengua cómodamente instalados en la bruma azul del cerro, ahora perfumado de menta y romero, mientras el obstinado ojo de agua me perturba con su camisa de ángel ¿o son alas? Y... anochece. No como yo quería, ni cuando yo quería, ni dónde hubiese deseado. Pero, si me adapto al hecho de que las cosas son como son y no según mi capricho lo dispuso en algún soliloquio antojadizo, se formula el milagro y la luna se renueva magnetizada en cuarzo.

De pronto descubro siete duendes que, en busca del tiempo perdido, se desperezan sorprendidos entre los dedos de mi padre; ese mago implacable, incomprensible y querido que aún debo encontrar en el cerro azul.


Recién entonces, la mujer que hoy escribe hará las paces con la niña que sabía mucho más, pero se extravió algún tiempo en el mapa del tesoro.


*Salmo pluvial de Leopoldo Lugones (puedes leer la poesía completa en la columna de la derecha)

AZULES

Para "Budistamente". Digo... ¡A Dan Franco!




Amo el azul de tu mirada,
pertinaz oleaje de mi talle,
refugio obligado de mi boca,
vestíbulo elemental
de presagios y ternuras.


Desdeño, apenumbrada
el azul de tu ausencia,
agua marina atardecida
que confunde y abandona.
De impiedades,
cristal inextinguible.
Azules que conspiran
contra deidades ilusorias
y providencias derrumbadas.


Nihilismo que congela,
del cuerpo sutil linterna,
sedienta noche que libero
a los abrevaderos ocultos
de viñedos estelares.


Puñales azulejos, tus ojos,
turbulento embrujo revelado.
Seda pasajera ese frágil,
ambarino amanecer
anclado en historias de mares,
sirenas, arenales y llegadas.


Si Odiseo amó tanto
como proclama la leyenda,
debió tener por fuerza,
un corazón como el tuyo,
amante deslindado
de regresos y partidas.

EL CAMINO A SEPULTURA

La playa de Sepultura (Município de Bombinhas, Sta. Catarina, Brasil) se encuentra en una de estas bahías (la pequeña, al fondo y a la izquierda). Es reducida y ha sido bautizada como "playa encantada", lugar energético, paraíso de buceo, etc.

Si uno se sitúa en el punto dónde se angosta la tierra firme, se tiene vista hacia ambos lados, de dos bóvedas de mares opuestos: bravo el uno -abierto al Atlántico-, y aplacado el otro, de trasparentes aguas turquesas.

Historia: antigüamente se llamaba "Praia da Embaixada". Pero en 1840 -creo- hubo un severo pleito entre esclavos, en el que uno de ellos acabó muerto, y fue enterrado en esa playa.

Leyenda: se dice que, antiguamente también, fue tierra de piratas. En un amotinamiento suscitado con relación a la "titularidad" de cierto botín, encontró la muerte un buzo que acabó sumergido junto al tesoro discutido. De ahí el nombre de la playa, cuya arena -comento- contiene cristales de cuarzo, luciendo un satinado especial. Tampoco quema. Y es -según algunos- un área muy energética.

Geografía: tal como se advierte en la foto, la forma de la península es similar a la de una gran tortuga que avanza sobre el mar.

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El arbitrario camino a Sepultura hace siglos que navega arrastrando el continente sin reconocer destinos de cordura. Se conduce entre raíces aéreas, barreras de silencio y chillidos, sombras agotadas por gotas luminosas y algunos tramos donde reina un extraño crepitar: son peces aprendices de brujo reunidos al conjuro de un fuego ambarino, submarino y persuasivo, invisible para el pasante silencioso.
Interrumpen el cónclave mariposas trasparentes o completamente azules empeñadas en desandar una y otra vez el andén aéreo, surcado por andariveles envueltos en jade y por cañas jadeantes de caireles azucarados.
El camino a Sepultura estira sus dedos membranosos hacia el cielo y con uñas de roja flor araña el corazón dorado de un atardecer ronroneante y dulzón, atrapado desde siempre en las redes que tiende una botella grávida. Esa, la Cristalesa que vierte lágrimas de ron sobre el tapete del horizonte. Y que a veces se da vuelta y, colocándose un collar de perlas, practica yoga a la luz de la luna.
Al contacto de sus pies de plata ¡la fría piedra reverbera!
Luego desciende por desvaríos de agua hacia un depósito donde alumbra esmeraldas y madreperlas. Lo custodian un esclavo y un buzo entregados a una conferencia que lleva siglos ausente de resolución; se pierden examinando sus venturas y desventuras en confines acuáticos bajo la arena póstuma de cuarzo y estrellas, acosados por bailarinas desvencijadas de aletas y amantes de mirada amatista, todas extranjeras.
El camino a Sepultura confunde y remite a error induciendo al arrepentimiento y al regreso por las dudas, por temor, por inquietud y porque está sellado justo en el acceso, donde la única certeza es que se muere un poco cada día.
Los infelices que ingresan, se comenta, quedan atrapados en una suerte de embrujo y deleite del que no pueden sustraerse. Condenados a volver, o a tener noches de sueños recurrentes.
Aunque no se puede vivir volviendo.
Porque los efectos del vino que se escancia en sus escalones resinosos son irreversibles. Y porque los cántaros donde se guarda reposan en dos bóvedas marinas encadenadas al cuello de una tortuga que navega hace siglos, y que nadie ha logrado ver. Tal vez, debido a que está demasiado expuesta.

EL DIA QUE ME QUIERAS (Gardel - Le Pera ) Canta Nicolás.


FUGACIDADES



Sucede cuando el sueño se aleja, desvencijado entre las luces y los susurros del alba. Entonces me doy vuelta y alargo la despedida, aferrada a una ausencia cuya presencia me lastimará, pero mucho más tarde.

Mientras, descanso en la comisura de un tiempo vacilante.

Te siento tal como antes, como casi todos los días, en esa zona franca del despertar incipiente que habilita un brevísimo tiempo de milagros. Y me digo que es una suerte que estés ahí, arropando el silencio de la noche en fuga.

¿Nunca te fuiste… ?

Arrastro pesares que no cierran y resulta que sigues allí, al amparo de la última estrella y resistente a las claridades que ofrenda el horizonte.

¡Ah, cuánto siento haberme recluido en soledades artificiales! No te imaginas cuánto...

Pero lo importante es que sigues acá.

Los párpados me pesan doblegados por tu ternura y, con placidez, se acomodan en la duermevela de una canción de cuna… Me abandono en la abertura a medio camino entre la vigilia y el sueño que, por primera vez, no me importuna.

Todavía no sé.

No deseo saber.

Estiro las manos y te llamo, como cuando estabas y yo sólo conocía certezas. "Ya verás que todo irá mejor a partir de hoy", me dirás. Y yo te creeré.

Me gusta llamarte. Me gusta mi voz cuando te nombra. Me gusta la ventana y el olor de las fresias, justo el de tus manos cuando tocas mi hombro. Giro hacia la luz, por fin abro los ojos, buscándote… Y recapitulo bruscamente.

Es el turno de las lágrimas.

Vuelvo a llamarte pero no respondes. De pronto te has ido.

¡Otra vez el ritual que me entrega expugnable a las ferocidades de la realidad!

Y comprendo.

Me ha regido la extraña rosa de los vientos del renuevo de lo viejo.

Pero soy dócil, sostengo la decepción.

Hay otras vidas de este lado. Debo irme.

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— Madre, has estado, ¿verdad?

Porque la periferia que nos separó aquel día, cuando trastabillé ante tus ojos apagados, hoy remite a Maderas de Oriente.



BORRÓN Y CUENTA ¿NUEVA?




BORRÓN Y CUENTA ¿NUEVA?

No son menos las veces
que me pregunto porqué la vida
nos separa una y otra vez,
Para luego juntarnos
Desde las antípodas,

Y menearse en ese mar
de amor y espanto,
Ante nuestros ojos,
de miradas distintas,
que de opuestas,

jamás se encuentran.
Pero que se conectan

en la alquimia de las mareas
y los vientos enarenados,
vaya a saberse por cuáles

Insondables motivos.


¿Que si todavía pienso?
¿Que si siento?
No. Lo siento.
Irreconciliable amargura
nos resume, desune y reune
en el bastión que tu corazón y el mío
levantaron una noche
apresurada y precaria,
y que acabó siendo definitivo.


¿Todos los bastiones
se asientan en este tipo
de arenal abrazador y abrasador?
No lo sé.


Lo grave, lo importante e ineludible,
es que en ese arenal estamos tú y yo,
aunque no nos queremos.
Ni nos odiamos. Ni nos ignoramos.
A veces, lloramos,
a escondidas uno del otro,

sabedores que el otro sabe
que sabemos.


Y esta experiencia, que no es nueva,
asoma y se renueva,
nos domestica a su antojo,
hasta que nos rebelamos,
y te digo y me dices:

“¡No ves que estás demente!
Ya te he olvidado, anda!”



¿Que si te he querido?
¡Claro que te he querido!
¿Que si aún te quiero?
Sí que te quiero.
Aunque no quieras.
Aún cuando admiramos,
despreocupados.
quel amor que se instaló

entre nosotros,
de puro obstinado y cansado.
Pues igual da.
Si no nos amábamos...

¿Que dónde se ha ido el amor?
Si yo supiera, iría en un coche
descapotable a buscarlo.
Vestida de fiesta
lo llevaría de paseo a la plaza,
evitaría que diera vueltas
en el vicioso carrusel de estrellas;
le compraría un refugio en la luna,
y aprovecharía para robarle
aquella herida
que en un dibujo,
guarda celoso
en el bolsillo izquierdo
del corazón.
Le entregaría a cambio
una guirnalda de rosas,
una pulsera de plata
y un sueño en los ojos del alma,
escrito en la blanca página
de un nuevo, esperado amanecer.

Que no permitirás.

Sólo que no puedo dejarte
vagar a tu antojo
por mis ojos y mis manos,
nada más porque seas
tú quien me mira, y yo,
quien ama tu mirada.
mientras nos sorprende
la noche de los tiempos.